En una esquina frente a la plaza de Chacras de Coria, un poblado cercano a Luján de Cuyo, en la provincia de Mendoza, hay una pizarra que tiene un gancho que sostiene un diario que se sacude con el viento. Atrás de la pizarra, un puesto de diarios, una casilla verde como las de siempre, aunque, como todas ahora, con más juguetes que diarios y revistas.
—Hola. Quiero comprar el diario —le dije al chico que se dejaba ver entre los papeles grises y los autitos de colección que colgaban del techo.
Un señor, que estaba más atrás, levantó la mirada de su celular. Se quitó los lentes de la cabeza y los apoyó sobre la mesa.
—¿Cuál diario? —me preguntó el chico.
—El Correveidile —contesté.

Es un nombre particular: Corre, ve y dile. Tiene algo de los chasquis, de aquellos antiguos mensajeros incas, corriendo por la cordillera latinoamericana. La comunicación, la palabra que se comparte. También esconde un poco la potencia de alzar la voz, eso que Rodolfo Walsh diría al decir “reproduzca está información, hágala circular por los medios a su alcance”. Se juega, incluso, algo del rumor y las historias que circulan por lo bajo.
Chacras de Coria es un pequeño pueblo, a pocos kilómetros de Mendoza capital. Es tranquilo, como toda la provincia, en la siesta. A las dos de la tarde no hay más ruidos que los pájaros jugando y conversando en las copas de los árboles, de los muchos y grandes árboles de la ciudad. A Mendoza la llaman la “ciudad bosque”: un oasis donde sobrevivir en medio de un territorio tan seco y árido, y Chacras no está lejos de eso. Dentro del Gran Mendoza, el verde del pueblo, pegado a las primeras sierras de la cordillera, conserva su propio microclima.

Entre los cultivos de vides, las bodegas, los viejos chalets, los nuevos barrios privados y una población que ha crecido abruptamente, el puesto de diarios hace su propia justicia. Treinta años atrás, en Chacras no había más de 2.500 habitantes. Hoy viven unas 14 mil personas.
Los recién llegados viven en casas de barrios privados, algo separados de las calles del pueblo y sin mucho interés por su historia local. Los vecinos nacidos allí, por el contrario, luchan por mantener su patrimonio, su estilo y sus modos. Lo local existe y resiste entre garitas de seguridad.
Entre los nuevos y los viejos, el Correveidile es un puente. El periódico local de Alberto Cabanillas y Adriana Sayavedra es un medio en donde los vecinos tienen, desde hace 25 años, un lugar propio. “Nace como una necesidad vecinal y fue creado por chacrenses para brindar un servicio a la comunidad”, expresa el equipo en el periódico.

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Me quedo mirando una versión que está colgada, con el papa Francisco en la portada: parece que algún chacrense tiene una historia con él y desde esa particularidad aborda el periódico la partida de Bergoglio. Al lado, otra edición presenta a una pareja de agrónomos que lucha por la conservación de -al menos- una parte de la historia de las tierras mendocinas, que se cultivan hace más de 100 años, frente al desarrollo inmobiliario.
—¿El Correveidile querés? Esas dos son versiones más viejas, mira, está es la de este mes… —me conversó Alberto, con su amable tonada mendocina, llevándome hacia un cajoncito de la vereda con la edición octubre-noviembre de 2025.
—¿Usted lo hace?
—Si, yo soy el director, somos varios de mi familia los que lo hacemos.
Es muy lindo, le digo. Creo que el hecho de no conocerme lo sorprende, aunque no sé si más que ver a una chica jóven pidiendo el diario.
—Soy periodista. En mi pueblo también hay un diario local que me encanta leer porque cuenta nuestras cosas, las que nos interesan a nosotros —le cuento.
Son nuestras historias, las historias mínimas, las grandes historias mínimas.
—Te voy a buscar, a ver… te voy a buscar otras ediciones para que te lleves. Vos lo vas a leer, si sos periodista, sabés del valor de este papel. Yo, a quien lo va a leer, se lo regalo.
Alberto se metió dentro del quiosco. Seguimos conversando desde la ventanilla, mientras revolvía periódicos. Salió con diez o doce diarios ¿Cuántas historias caben en sus manos?

La caida del diario papel
La conversación sigue y en seguida surge el tema de la caída de la lectura en papel. Alberto es un enamorado, un militante del diario a papel. “Vos sabés lo que significa esto”, me repite.
Durante décadas, la lectura del periódico fue un ritual cotidiano para muchos: el diario plegado bajo el brazo, comprado a un canillita en el camino, en la calle, en el café, en la casa, el ruido al pasar la página, el olor a tinta. Hoy, esto es más bien una rareza.
Según un estudio de 2022, del instituto Media Influence Matrix, durante la última década (2010-2021) los diarios impresos registraron una caída promedio de 65% en su circulación. En estos años se concretó una realidad: la información ya no circula en tinta, sino en pantallas.
En la ciudad de La Plata, por ejemplo, según el Sindicato de Canillitas, el año pasado El Día vendía 7.000 ejemplares diarios, mientras que Clarín menos de 400 ejemplares y La Nación apenas unos 150.
Para Alberto Cabanillas esto también es una realidad muy tangible. “Cuando empezamos, en el año 2000, imprimíamos 10 mil ejemplares. Hoy hacemos alrededor de 5000”. Sin embargo la diferencia es más drástica cuando se habla de otros diarios provinciales o nacionales. “En el mejor momento, vendíamos 1500 de Los Andes, 500 de Uno, 150 La Nación, 100 Clarín. Actualmente, el único mendocino que subsiste en papel es Los Andes, del cual vendemos unos 4 o 5, un domingo”, remarca el director del “Corre”.
El diario dejó de venderse. Puede explicarse por una cuestión económica, el costo del papel y la crisis del sector gráfico frente a la competencia de las pantallas, pero la pérdida atraviesa lo material y alcanza un signo cultural. Hemos atravesado una transformación en nuestros modos de informarnos y de estar en el mundo.

Era un ritmo distinto. Páginas grandes y completas se han reducido hoy a videos de unos minutos superestimulantes o pequeños párrafos en redes sociales. Era también, un tiempo distinto: el diario abría el día, nos organizaba. Hoy la cosa es un poco más fragmentada e individual. Cada cual se informa en su propio universo algorítmico, que a veces ni se cruza con quien tenemos al lado.
Para los canillitas, esto no solo implica una pérdida de trabajo, sino un cambio en el rol que ocuparon durante generaciones. Mediaban entre la casa y el mundo, eran guardianes de sus esquinas, de ese punto de encuentro donde uno podía saber -ni más ni menos- cómo estaba el vecino. En torno a la palabra impresa había un mundo lento y compartido que hoy se nos aparece únicamente en blanco y negro.
Pero además, los diarios que quedan en pie están cada vez más concentrados en términos de propiedad. Cuatro grupos empresariales son dueños de los diarios de mayor circulación del país y controlan más del 74% de los diarios en circulación. Acorde al Media Ownership Monitor Argentina, el Grupo Clarín posee el 43,46% del mercado (Clarín, La Voz del Interior, Los Andes y Olé); el Grupo La Nación tiene una participación del 16,52%; la familia Fascetto (Diario Popular) el 8,64%; y La Gaceta de Tucumán el 5,56%.
—Ya no hay en Mendoza máquinas rotativas para imprimir grandes volúmenes. El diario Los Andes, que era de Clarín, fue adquirido por un grupo de empresarios mendocinos, quienes cerraron la imprenta en Mendoza y compraron el diario Cuyo de San Juan. ¡Ahora los Andes se imprime en San Juan! —cuenta Alberto.
Cuando comenzó, el Correveidile se imprimía en el Diario Uno, actualmente sólo en digital . La impresión de los ejemplares del ‘Corre’ se hace ahora en una imprenta de artes gráficas, que posee rotativas más pequeñas, mientras el medio más grande de Mendoza debe trasladar los ejemplares desde la provincia vecina.
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Ante una gran concentración mediática y una sobre-información, mientras los grandes medios atienden a la agenda de Buenos Aires, el Correveidile se ocupa de lo que pasa en un radio de pocos kilómetros. Lentamente, va dejando constancia, a través de los años, de los hechos que conforman el día a día de una comunidad. Es su memoria: un archivo vivo.
El periódico difunde reclamos vecinales, debates políticos, ambientales y sociales del lugar, retrata el arte local y comparte curiosidades. En sus páginas pueden leerse variedad de notas: una cariñosa despedida a un amigo, un niño del pueblo que sale campeón sudamericano en ping pong, un nuevo centro médico que se inaugura, puesteros que abren sus casas al turismo rural, cumpleaños, avisos, editoriales, recetas, humor, difusiones culturales y publicidades en los “Chacrificados”. El relato sencillo es lo que lo hace único y el sentido de pertenencia lo vuelve necesario para sus lectores.
Durante años, Correveidile, organizó un brindis de fin de año en la plaza, con los “Destacados del Año”: esas personas que habían pasado por las páginas del periódico. Con una gran mesa llena de copas y una barra a cargo de algún vecino o productor de la zona. El evento siempre fue una verdadera celebración vecinal.

La historia de un pueblo
Mediante el periódico, los fundadores Alberto y Adriana, mantienen encendida una memoria que los trasciende.
Alberto es el bisnieto de Teresa O’Connor, la primera maestra de Chacras de Coria. Ella fue, a fines del siglo XIX, directora de la escuela de mujeres que luego llevaría su nombre, frente a la plaza central. Junto a su marido, fundaron la Biblioteca de Chacras, fomentando la actividad cultural y educativa, y más adelante donarían las tierras donde hoy se levanta la escuela.
El terreno de la plaza y de la iglesia fue donado por el inmigrante italiano Giuseppe Mazzolari, quien tenía un establecimiento vitivinícola, pero terminó vendiendo sus propiedades a Manuel Cerutti. Este último y su familia, vivieron por décadas en la conocida “Casa Grande”, que incluía corrales, caballerizas y una pileta para almacenar vino.
Hasta que en 1977, la Casa Grande fue irrumpida por un grupo de tareas del ejército. “Las bestias, metieron sus autos en el jardín de la Casa Grande y bajaron con medias en la cara y armas en las manos, y a los empujones se llevaron a Victorio Cerutti (75 años) y a su yerno Omar Masera Pincolini (42 años)”, cuenta Josefina Cerruti en su libro Casita Robada. También robaron autos, joyas y dinero. Secuestrados, fueron forzados a entregar sus propiedades.
Sobre los viñedos de los Cerruti, los militares edificaron un barrio llamado Will-Ri, por medio de una empresa fantasma perteneciente a Federico Williams, un testaferro del Almirante Eduardo Massera. Paradójicamente, a las calles del barrio les pusieron nombres tales como “Amistad”, “Equidad”, “Bondad”.
Las pruebas conducen a que el almirante Massera fue el responsable del saqueo de la empresa vitivinícola de los Cerutti. Con los juicios, algunos sobrevivientes aseguraron haber visto a Victorio y Omar en el Centro Clandestino de Detención y Tortura de la ESMA, como también declararon que ambos fueron arrojados al Río de la Plata.
En la década del ‘90, la Casa Grande fue vendida a Supermercados Metro, la cual proyectó demolerla para construir una sucursal. Los vecinos, organizados en defensa del patrimonio local de Chacras de Coria, se organizaron y movilizaron, logrando impedir la demolición.
Hoy, la casa Mazzolari-Cerutti es Patrimonio Histórico de la provincia. En el 2014, el Estado Nacional la expropió para establecer otra sede del Archivo Nacional de la Memoria, sin embargo, aún no abrió sus puertas.

¿Por qué insistir en imprimirlo?
Historias como estas, del pueblo, son las que el proyecto local quiere cuidar, contándolas de primera mano. Para Alberto, con todo y a pesar de todo, este trabajo vale vale la pena. Y por eso sigue.
—Hubo unos meses muy duros, que tuve que parar porque no se sustentaba con las publicidades. Al final lo banco yo porque para mí es como un hijo. Las veces que no lo he sacado, es un bajón, me siento muy mal.
Uno de sus momentos favoritos es cuando va a la gráfica a imprimirlo. Las rotativas son máquinas rápidas que entregan el periódico listo: impreso y plegado. Ese es el momento en que todo lo trabajado se traduce al papel, entre el galope de la máquina y el olor a tinta.
—Hay que fomentar la lectura en papel porque va a volver. Cuando veamos todo lo que nos generan las pantallas, se va a volver a leer papel.
Días después de conocerlo en la esquina de su quiosco en Chacras, le escribo para hacerle algunas preguntas. Charlamos y me dice que me va a pasar una nota de Clarín que le gustó y que quiere que lea. Yo espero que me llegue un link a una nota web. Pero, congruentemente, lo que recibo son cinco fotos de las páginas de un diario. Me río, no podría ser de otra manera.



















































