Son las 8 de la mañana y la temperatura alcanza los 25º a la sombra. Un grupo de amigas se dan la mano en señal de aliento. Llevan ropa suelta, de colores fucsias, lentes de sol refractarios y, en las piernas, unas medias largas y apretadas que, dicen, ayuda a la circulación de la sangre. Sacan sus bastones de trekking de la mochila, no sin antes mojarse la nuca y la gorra. No van a escalar ninguna montaña: están a punto de caminar los 63 kilómetros que separan el santuario de San Cayetano, en Liniers, de la Basílica de Luján.
El sábado 4 de octubre se llevó a cabo la 51° peregrinación a Luján, la primera después de la muerte del Papa Francisco. Desde el año 1975, se realiza de manera ininterrumpida, atravesando en su recorrido principal 8 municipios bonaerenses: Tres de Febrero, La Matanza, Morón, Ituzaingó, Merlo, Moreno, General Rodríguez y Luján.
Desde el frente del santuario, cientos de parroquias de diferentes rincones de la República Argentina se disponen a salir, a cada hora, llevando al frente una imagen de la Virgen de Luján. Los grupos parten de manera continua durante todo el día, sin embargo, existe una “salida oficial”.

Eva Molina es oriunda de Mar del Plata. Peregrina sin falta desde hace 51 años. Estuvo en la Basílica de Luján la primera caminata, la cual fue “en blanco y negro” y en la que caminaron “aunque los milicos les hayan tirado los caballos para asustarlos”. Por su profesión como enfermera, en una de las congregaciones asistió a una peregrina en la ruta para que tuviera a su hijo. Actualmente, se encarga de vestir a la Virgen que sale de manera oficial, dentro del santuario.
“Se me pone la piel de pollo, porque es como que ella me eligió. Muchas veces le digo, madre este año no voy a poder caminar, porque me duele esto, lo otro. Y salgo ahí y ella me borra todo, camino, grito. Canto con los chicos. Yo creo que fui bendecida por ella”, dice Eva. Y agrega que cuando está por llegar, siente un gran alivio por haber cumplido, pero también la invade la tristeza de no saber si el próximo año va a poder estar.
Los preparativos comienzan el mes antes en la casa de Eva. Ella cose a mano, flor por flor, todo el altar que va acompañar a la Virgen en los próximos 60 kilómetros. Antes eran de plástico, pero desde hace un tiempo ella decidió que tenían que ser de tela. Ese día se sube al colectivo que la va a llevar hasta Liniers, únicamente con una riñonera y una bolsa de tela que contiene los accesorios para el altar. La viste una hora antes de salir, mientras la observan miles de fieles que se acercan a pedirle a San Cayetano. Allí se dispone a salir.


Danos amor para caminar con esperanza
La “imagen peregrina” está saliendo por el arco principal del frente del santuario de San Cayetano. Cuatro hombres, dos en la parte de adelante y dos en la parte de atrás, llevan en el hombro una especie de almohadilla blanca donde se posa el soporte que traslada a la Virgen. Más de 25 celulares se ponen en alto para filmar su salida mientras el párroco dice por el altavoz que “se van a unir dos santuarios por un lazo hecho por nosotros”. El destino ya está echado. Minutos antes de largar, el párroco toma un ramo de olivo y balancea su cáliz con agua bendita de un lado a otro, manifestando una “bendición” en general.
La Virgen de Luján tiene un orígen muy antiguo. Según menciona María Elena Barral, profesora y licenciada en Historia (UNLu), en “Entrevistas Capitulares”, el milagro se dio en el año 1630, cuando una carreta que trasladaba dos imágenes de la Inmaculada Concepción para un hacendado en Santiago del Estero hace noche en una estancia de Luján. A la mañana siguiente, los bueyes no pudieron mover la carreta. Decidieron probar bajando los cajones que cargaban a las vírgenes. Al bajar una de las dos imágenes, la carreta arrancó. Para los presentes, fue una muestra irrefutable de que la Virgen quería quedarse en Luján. Allí, en la estancia de los Rosendo, la Virgen fue cuidada durante años por un esclavo africano, el negro Manuel.
“El milagro de la carreta” quedó registrado en dos crónicas eclesiásticas, escritas dos siglos después; una de ellas por el Fray Antonio Oliver, popularizada por el cura Felipe Maqueda, responsable del Santuario de Luján en la época colonial. Más aún, en los primeros mapas de misioneros jesuitas (circa 1640) ya figuraba el pequeño oratorio de la Virgen a orillas del río Luján.


Con el tiempo, la devoción fue creciendo: vecinos, viajeros y peregrinos empezaron a acercarse para rezar y pedirle favores a aquella Virgen de Luján, convirtiéndo a la localidad en un centro de peregrinaciones. El sacerdote Jorge María Salvaire, tras salvarse de una expedición en Azul, dedicó su legado a promover el culto y construir el santuario de la virgen de Luján. En 1887, se inauguró la Basílica de Nuestra Señora de Luján, una de las más importantes del siglo XVIII junto con la de San Isidro.
La peregrinación tuvo su origen el 29 de octubre de 1893. Ese día, 400 hombres partieron de Flores, en la ciudad de Buenos Aires, hacia Luján, impulsados por el padre Federico Grote, fundador de los “círculos católicos de obreros”. Tres años más tarde, ya eran 3000 las personas que acompañaban este peregrinar.
Más allá del revisionismo, lo que primó en todas las congregaciones, fue la creencia de movilizarse por un acto de fe. Así lo hizo Haydee, este sábado. Junto a su hijo Nicolás, llegaron a las 6 de la mañana a Liniers para partir, a las 9, hacia el oeste de la provincia de Buenos Aires.
“Esto no se puede describir. Es muy emocionante. La primera vez la hice sola. Fui y la terminé, yo siempre digo que esto es un antes y un después. Ahora poder hacerlo con mi hijo y mi nuera no tiene precio”, menciona Haydee, mientras se acomoda las medias.
La marcha transita por Av. Rivadavia, a la vera del tren Sarmiento, y va incluyendo cada dos o tres cuadras, algunas paradas estratégicas. Entre ellas, los puestos de hidratación montados por los movimientos Scouts de la zona oeste, que al ritmo de la cumbia, te cargan agua para el mate o agua fría. Además, fieles de varias capillas llevan la imagen de la virgen encima de un carro, que cuenta con un equipo de audio en el cual pasan música, o distraen a la peregrinada con chistes y comentarios. En el medio, una mujer, portera de un edificio de Morón, decide sacar la manguera a la calle para que los fieles se puedan refrescar.


Para Lucas Agimbau, párroco del templo de San Cayetano, pese a la situación de informalidad y pérdida de trabajo que se vive actualmente, “la gente siempre levanta con esperanza la mirada. Vienen a experimentar una situación muy difícil de poder describir”. Después, agrega, con convicción: “Estamos todos bajo la mirada de la Virgen, no importa lo que pensemos, la edad que tengas o el país de donde vengas, la Virgen nos recibe. La experiencia como pueblo es sentir que somos todos hijos, que somos hermanos entre nosotros”.
La fé mueve montañas. Y también cuerpos
Son las 3 de la tarde. En General Rodríguez, en la intersección de las rutas 7 y 24, no hay árboles, no hay sombras. El termómetro marca 30º. Todavía faltan 20 kilómetros para llegar a la Basílica, y quienes han realizado la peregrinación más de una vez, dicen que es el tramo más complicado. Cuando la caminata supera los 6 kilómetros, los peregrinos comienzan a levantar las manos y a estirar las piernas para facilitar la circulación de sangre y que los músculos no retengan líquidos.


Muchos también recomiendan, llevar varios pares de medias, y hacer el cambio cada dos horas de caminata o, en su defecto, cada 15 kilómetros. General Rodríguez es el último municipio antes de llegar a Luján. Es la parada que marca que la peregrinación ya llegó a los 40 km de recorrido. Para ese momento no hay movimientos que calmen, ni suspiros que alivien, mucho menos, palabras de aliento. Para ese momento, sólo hay que aferrarse a algo, y seguir.
Walter viene de Haedo. Es la primera vez que peregrina con su hijo, pero ya lo hizo en años anteriores con su grupo de Scout. Se prepararon una semana antes, planificando la logística y el apoyo, con un colectivo que va acompañando al grupo a medida que avanza la caminata. “No hay que pensar en lo que falta, sino en todo lo que ya hicimos”, dice, mientras hace sombra con sus manos para sortear el sol infernal de la tarde.
Un camión con acoplado verde del ejército se encuentra estacionado a la vera de la ruta 7. Tiene en su parte trasera más de mil packs de agua, para ser repartidos a los fieles. A su izquierda hay una carpa del ministerio de Desarrollo a la Comunidad de la provincia de Buenos Aires, que también tiene un camión con acoplado, azul, con miles de botellas de agua. En este caso, el Gobierno provincial dispuso un amplio operativo interministerial para el desarrollo de la jornada: los ministerios de Transporte, Salud, Seguridad, Infraestructura, Desarrollo de la Comunidad y Ambiente, pusieron a disposición hospitales móviles, personal médico, ambulancias, baños químicos, patrulleros, policías, controles de tránsito, Defensa Civil, stands para proveer agua y alimentos, puntos de reciclaje y un escenario equipado para la realización de las misas.

Justo donde finaliza la rotonda, se encuentra montada una súper carpa de la cruz roja, con más de 7 gazebos y 60 personas abocadas a la atención y prevención de los fieles. “No repartimos medicación” repiten de manera constante los voluntarios. No llevan la cuenta, pero dicen que han realizado “más de 300 vendajes seguro”, y aún restan casi 15 horas de peregrinación.
Micaela es la encargada del puesto 23 de la Cruz Roja Argentina, de los 60 que existen distribuidos durante todo el recorrido. Llegaron a las 6 de la mañana a General Rodríguez, para llevar a cabo una actividad que la planificaron durante los dos meses anteriores. “De las últimas cuatro peregrinaciones en las que participé, esta es la más calurosa. Por eso, además de tener muchas ampollas en los pies, la gente llega con la presión muy baja” indica.
Los peregrinos caen a merced del equipo de salud. Como es el único punto de la zona que tiene sombra, quienes no tienen resto, paran allí a recuperar algo de aire, o a esperar a que algún compañero/a sea atendido. “No se relajen ni estiren el descanso, porque sino no van a poder seguir”, les repite una de las enfermeras que se encuentra en el puesto.
La llegada
“Felicitaciones, bienvenidos a Luján. Adelante, María los está esperando“, se escucha decir a una de las voluntarias de la basílica, que se encuentra en las escalinatas, antes de ingresar por la puerta principal. La emoción se percibe en el aire; los celulares se encienden y no se quieren perder de registrar ese ingreso al templo, en la capital de la fe. Los peregrinos ya caminaron más de 60 kilómetros, y las últimas dos cuadras suelen ser las más sacrificadas.
Al llegar a los pies del altar, dos fieles se desmoronan. Se abrazan a los barrotes de una pequeña puerta, que permanece cerrada para que la gente no avance. Sus manos se unen y, en medio de un llanto incontrolable, le agradecen a la Virgen por cuidarlos durante el camino. El agua bendita vuela desde un hisopo de un cura, que recibe con alegría a los fieles.


Yanina tiene 17 años. Esboza una sonrisa que viene desde lo profundo de su alma. Tiene los ojos brillosos. Llegó arrodillada hasta el altar de María, desde 9 de Julio y Mitre. Con sus rodillas enrojecidas y un rosario colgando de sus manos, entiende que esta peregrinación a Luján es histórica, en muchos sentidos, por eso no dudó un segundo, armó su mochila y salió desde su casa, en el barrio Primavera de José C. Paz.
En la primera peregrinación tras la muerte del Papa, Yanina entiende que la juventud viene con mucha fuerza y realmente quiere cambiar las cosas. “Yo creo que Francisco nos dejó esa enseñanza y por él es que cada vez más pibes y pibas se animan a hacer cosas como estas. Yo quiero hacer lío, como él nos enseñó. Gracias a esa frase, mucha juventud quiere hacer un lío lindo, que transforme la vida de mucha gente“.
El reloj marca las 18 hs. La temperatura se mantiene por encima de los 25º. Mariana abre una gaseosa y se seca las gotas de transpiración. Tiene una mezcla de alegría y emoción en el rostro, al bajar las escalinatas de la basílica, luego de acercarle sus intenciones a la Virgen. Llegó desde Merlo casi con el último aliento. A sus 60 años, cuenta que físicamente se hace muy duro soportar la caminata.
Llegó con un pedido especial a la santa madre: “Quiero pedir por nuestro país, que haya más paz. Ojalá nuestros políticos tengan un poquito más de consideración. Vivimos en un país sumamente rico y es inaceptable que nuestro pueblo esté sufriendo como lo está haciendo“, esboza con énfasis, mientras se mece la imagen del Papa Francisco que tiene colgada en el cuello.
Antes de emprender la vuelta a su hogar junto a su familia, Mariana le hizo un pedido a todos los jóvenes. Dijo que son ellos “los que tienen que seguir luchando por un país mejor” por eso la pone muy feliz ver a tantos pibes en Luján.

En la misa de cierre, el domingo 5, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, dió un mensaje sobre la situación del país y apuntó contra la pobreza, el narcotráfico y la situación de los jubilados y discapacitados. “Hay muchos hermanos en nuestro país que ya no tienen fuerza, que no encuentran sentido al camino y han detenido su marcha. Les pesa demasiado la pobreza, las consecuencias del narco, las enfermedades, la soledad“.
En medio del escándalo por José Luis Espert, Fred Machado y los vínculos con el narcotráfico, el arzobispo citó al Papa Francisco y destacó que la esperanza nace del amor y del encuentro. “Caminamos por los que no dan más, por nuestros abuelos, por nuestros adolescentes atravesados por la droga y el alcohol, por los que perdieron un ser querido víctima de la violencia, por los pobres, por los niños, por los discapacitados, por las familias, por los que buscan trabajo, por nuestros sueños e ideales. En definitiva, caminamos por nuestra patria”.
La peregrinación honró su edición consecutiva número 51. Miles de fieles han depositado sus deseos, sus intenciones y sus sueños a la querida Virgen de Luján, Madre y patrona del pueblo argentino, y ahora esperan que sean cumplidos. Es una de las manifestaciones de fe más grandes del país. Es más que un pedido: es una expresión donde se entrega el cuerpo, se renueva el culto y se defiende la esperanza.
