Poca paz y mucho trabajo para San Cayetano

Poca paz y mucho trabajo para San Cayetano

Un hombre entra arrodillado al santuario de San Cayetano, en el barrio de Liniers. Tiene los ojos cerrados y balbucea alguna especie de pedido mientras avanza con su pantalón de jean sobre las baldosas impolutas del templo. Contra su pecho, aprieta una estatuilla de San Cayetano que se hunde en los recovecos de su chaleco inflado. Frente al altar, estira su mano y abre los ojos por  primera vez. Reza y le pide. Se levanta, sale de la fila y sigue su recorrido. “No”, le contesta tajante a un cronista que busca tener su nota para la TV. 

Por la puerta central ingresa otro hombre a escuchar la misa. Robusto, alto, lleva en sus brazos un caniche que tiene la pata vendada. Él está sonriente. A su perro se lo ve intranquilo. Frente al altar de San Cayetano, un pibe abraza a su papá y le da un beso. Aparecen algunas lágrimas. Será una cuestión de generación que el hombre más grande no se permite llorar y sale disparado a buscar a su esposa. Allí comienzan a transitar el circuito de los santos que rodean el templo.

Todos los 7 de agosto, miles de personas se congregan en el santuario de San Cayetano para pedir por paz, pan y trabajo. La ceremonia empieza el día anterior, con una fiesta en la que tocan varios artistas, se da una misa general y, finalmente, se abren las puertas a medianoche.  Desde ese momento, se celebra una misa cada hora. Los preparativos conllevan tres meses de anticipación para darle forma a una ceremonia que tendrá lugar durante casi tres días. 

Su cónclave está en las intersecciones de las calles Rivadavia y Cuzco, a pasitos de la estación de trenes de Liniers. Por allí desfilan miles de personas de todas las partes del país con la fé como motor de inspiración y esperanza. A medida que se van acercando al templo reciben la bendición de algún cura o párroco.

Con sotanas blancas y un cáliz en la mano, bendicen a los fieles y también los escuchan. No son únicamente párrocos del Santuario: allí se congregan más de 50 curas, seminaristas y obispos de iglesias y templos cercanos, como Sebastián que es sacerdote en Villa Devoto y hace 33 años que participa ininterrumpidamente de esta festividad. Está allí desde las 4 de la mañana y remarca que es una maravilla que “la gente venga por un misterio que nos excede y que es hermoso”.

Hay una especie de ‘operativo’ dispuesto para que los párrocos vayan renovándose en sus lugares: ni bien se les termina el agua bendita, son reemplazados por otros que salen desde adentro del santuario. Si se acumula mucha gente, realizan una bendición general y descomprimen la fila para que los fieles puedan avanzar. En un costado están dispuestas algunas sillas para poder hablar con ellos, ser escuchados o también poderlos escuchar. Para Lucas Agimbau, el párroco del templo, este día sucede un triple encuentro entre “ellos mismos, los otros y San Cayetano, Dios y la virgen”.

También es una cuestión de Trabajo

Dos señoras se paran al ingreso de la fila del templo. Están vendiendo espigas de trigo con una estampita de San Cayetano, el símbolo más característico de la celebración. Intercambian miradas, no tan amistosas. Una le dice a la otra: “Te pido por favor que te vayas para otro lado”. No hay respuesta. En toda la manzana a la redonda se encuentran desparramadas muchas vendedoras ambulantes que ofrecen la misma espiga de trigo con la misma estampita de San Cayetano. Claro, para muchos, este evento también representa la posibilidad de hacerse unos mangos.

Es que en la Argentina de Milei, la cantidad de desempleados aumentó 1,5% en todo el país con respecto al último trimestre del año pasado y afectó a más de un millón de personas. Los datos informados por el INDEC dan cuenta que en el Gran Buenos Aires la desocupación representó un 9,1% y en la región pampeana un 7,4%. A esto hay que sumar que la tasa de empleo (que mide la proporción de personas ocupadas con relación a la población total) fue de 44,4% y la tasa de informalidad fue del 42,0%. 

En contextos de crisis, la informalidad pasa a ser la vía de supervivencia por la que muchas familias intentan hacer un mango extra. Como Silvina que junto a su compañero, armaron un puesto de velas, estampitas, estatuillas y cadenitas y se emplazaron desde las 10 de la noche en la esquina de Cuzco y Francisco de Viedma. “Estamos con bastante frío pero pasamos la noche, esperamos que ahora remonte un poco”, comenta Silvina mientras separa los rosarios de las cadenitas. En una tarde, con suerte y viento a favor, pueden llegar a hacer más de 400 mil pesos. Poco y nada para una canasta básica familiar, que según el INDEC, precisa de $1.128.398 para no ser pobre.

Para Lucas Agimbau, este problema, impacta profundamente en lo humano: “El laburo te lleva el pan a tu mesa, y cuando no podes llevar el pan a tu mesa, la mirada tuya sobre los tuyos es de dolor”. Y agrega: “Recién hablaba con una chica que vino a buscar trabajo y la mandamos al área laboral. Pero ahí uno empieza a sentir que uno no sirve y eso es muy desmoralizante. Por eso el trabajo es fuente de muchas otras cosas”. 

Muchos dicen que ‘la fe mueve montañas’, y en la ausencia de las oportunidades, la fe puede llegar a ser una motivación para salir de la ‘malaria’. Por eso Graciela y Agustina se subieron a un micro en Viedma (Río Negro) el 6 de agosto a las 17 horas, viajaron durante más de 14 horas, para llegar a Liniers, ver a San Cayetano y volver al otro día a tierras patagónicas.

“Es mi primera vez y le vine a pedir trabajo para mis hijos. Vine por ella y estoy segura que voy a volver el año que viene”, menciona Graciela, mientras mira a su compañera. Agustina llora y se quiebra: “Es mi santito, yo no creía en nada y él me sacó de muchas cosas”, cuenta. Esas cosas, personales, ‘misteriosas’, como las caracterizaba Sebastián, se quedan en el santuario junto a San Cayetano.

En los zapatos del otro

Son casi las 9 de la mañana, y a una cuadra y media del santuario, organizaciones sociales, sindicales y políticas comienzan a realizar una fila para la tradicional peregrinación que une Liniers con la Plaza de Mayo. El Arzobispo de la Ciudad de Buenos Aires, Monseñor García Cuerva, brinda unas breves palabras y bendice las herramientas de trabajo que los fieles han llevado hasta la cabecera de la columna.

El reclamo es político. Pero abundan los abrazos, las risas y las charlas. El diácono Ricardo Cardillo, perteneciente a la diócesis de Quilmes, durmió dos horas y llegó a las 4 de la mañana al Barrio porteño. Dio una mano con las bendiciones y se apostó en la columna para marchar.

Dice que lo que San Cayetano te da, “Milei y sus secuaces” te lo quita. Se enoja cuando menciona a la ministra de Capital Humano, Sandra Petovello, quien le sacó los alimentos a los comedores que tiene en la localidad del sur del conurbano sin ni siquiera corroborar si estaban funcionando. “La gente está muy mal, muy desesperanzada. Muchos lo votaron (a Miliei) creyendo en esa cuestión del verdadero cambio y ahora están reconociendo que la casta son ellos” agrega.

Gabriel el “pato” Duna coincide con Ricardo. Él se considera “soldado de Francisco” y lleva sobre sus hombros una virgen que tiene la leyenda de Evita. Se para al frente de la columna. Hace 12 días que partió justamente desde la casa de Evita, en Los Toldos, y viene caminando para llegar a la marcha. “Venimos a unir esta fe por San Cayetano y también agradecerle a toda la gente que nos recibió en los pueblos del interior. Somos ocho personas que no separamos la fe de la lucha. Hace 9 años que le traemos la virgen a San Cayetano, y desde hace dos años que peregrinamos desde Los Toldos”, comenta.

A pesar de estar a una cuadra de distancia, la congregación en el Santuario y la peregrinación parecen estar distantes. Sin embargo, como contracara de los discursos de odio que pregona el Gobierno Nacional, la celebración del Santo de la Espiga concede un momento de reflexión. El párroco del Santuario contó que muchos fieles le mencionan que el Santo “no los escucha”, y eso “nos hace pensar a nosotros la importancia de volver a descubrir eso que está en nuestro genes: la gauchada, el hoy por ti, mañana por mi”.

“Es necesario poder poner nuestra mirada sobre los débiles, los frágiles, nuestros abuelos, la discapacidad que está sufriendo mucho. El mensaje del Santuario es que nos pongamos en los zapatos del otro” concluye Lucas. Abuelos y niños, jóvenes adultos y adultos que aún son jóvenes en el mercado laboral, le encomiendan al santo sus destinos. Las penurias y las alegrías se funden en una plegaria que toma las calles alzando espigas de trigo hacia el cielo.  En tiempos de Milei, el santo que pregona el trabajo tiene, paradójicamente, poca paz y mucho más trabajo.