Mil máquinas jamás podrán hacer una flor  

Cuando era pequeña, Susana jugaba a armar coronas de flores y se las ponía sobre su cabeza. Los pétalos de las Dalias se enredaban en sus cabellos oscuros, esas tardes de calor en Bolivia. Susana, ahora, vive en una quinta dentro del Parque Pereyra Iraola, en Buenos Aires. El juego con las flores se volvió algo más serio: la floricultura es ahora su oficio. 

Susana trabaja la tierra junto a su marido y sus hijos, en unos invernáculos que rebalsan de flores. Por suerte, hace algunos años lo hacen sobre unas tierras que les han prestado, y dejaron de luchar con los alquileres caros y los contratos cortos. 

“Se está vendiendo poco, bien poco. En este momento la gente necesita primero la comida y no la flor. Antes se consumía más, aunque siempre barato, pero mucho más”, cuenta mientras mira las fresias. “Pero bueno, igual hay que seguir, aguantar un poco más y tener fé de que las cosas van a ir mejor”, dice, con una cuota de positividad que no sé si se la dan esas flores tan bellas o la propia experiencia. 

Susana habla despacio, casi susurrando, tiene sus sandalias con barro y una sonrisa dulce. Ese invernáculo pareciera salido de un cuento, el aroma es magníficamente fresco, y ahí dentro ella es una mujer fuerte, brillante, rodeada de los colores de cientas de flores pomposas.

Flores conejito
Flores ‘conejito‘. Foto: Pedro Ramos.

“Cada planta tiene su maña, sus distintas atenciones. A veces en la mañana, me mando, me mando, camino y voy haciéndoles así”, dice y agarra un ramo de flores de Statice, mientras les pasa con cuidado la yema de sus dedos. “‘Así, ay, qué lindas, qué hermosas se han hecho para mí’, les digo cosas lindas, las trato bien. Si uno no les da cariño no vienen las florcitas así nomás, se mueren solas”. Susana tiene mano para ellas, y tiene amor. 

A su costado hay un cultivo de claveles, extenso y reciente. Cientos de plantines fueron sembrados hace un mes en ocho lomitas largas, con la ayuda Chango, el microtractor diseñado y creado por el INTA que facilita la labranza de la tierra “Ayuda mucho, porque si tenés que esperar a alquilar un tractor, puede tardar un mes… y cuando tenés los plantines los tenés que sembrar”. El techo de la mitad del invernáculo es de nylon, la otra mitad de media sombra negra. Susana cuenta que la última vez que cayó piedra, rompió todo. Cuando las inclemencias climáticas destrozan las estructuras, no sólo ponen en riesgo la producción sino que además no dan lugar al reacomodamiento financiero que les permita innovar en la cadena. 

Cultivo de claveles. Invernáculos dañados. Foto: Pedro Ramos
Cultivo de claveles. Foto: Pedro Ramos

La floricultura en La Plata: el corazón productivo del país

La provincia de Buenos Aires es el principal polo florícola de la Argentina. Concentra el 53% de la superficie nacional dedicada a flores de corte. Según el Censo Nacional Agropecuario 2018, la provincia cuenta con 220 unidades productivas que abarcan 307 hectáreas. Dentro de la provincia, el partido de La Plata es el epicentro, con el 64% de la superficie, seguido por Florencio Varela, Escobar, Berazategui, San Nicolás y San Pedro, según el último informe de producción florícola del Ministerio de Desarrollo Agrario de PBA.

Las flores más cultivadas en el cinturón platense son las rosas, los crisantemos y los claveles, y en menor medida las fresias, las cibelinas y las astromelias, entre tantas otras. Fuera de la región de La Plata, el sector se centra en la producción de plantas ornamentales de maceta (como petunias, pensamientos y alegrías del hogar). 

Para la comercialización de las flores de corte, los productores venden principalmente en mercados mayoristas, siendo clave el mercado de la Cooperativa de Floricultores, en Barracas y La Plata, y el Mercoflor, en la zona de Abasto. A nivel minorista, un relevamiento de 2016 registraba 922 florerías en la provincia, con fuerte concentración en el Área Metropolitana y más de 120 comercios en La Plata.

Cultivo flores de San Vicente. Cinturon platense.

Un oficio familiar y artesanal

El oficio de cultivar flores esconde el talento de lograr que sean bellas y fuertes, la paciencia para cuidar el crecimiento y la floración de cada especie y el ingenio por hacer que todo el proceso sea económicamente rentable. Es una economía popular, un tipo de agricultura que es familiar en la mayoría de los casos, y que tiene sus propias técnicas y saberes transmitidos de generación en generación. 

Silvio heredó el oficio de floricultor de su padre. Hace veinticinco años que lo defiende como su propia trinchera. “Es lo que sé hacer y lo que me gusta”, explica. Silvio es referente floricultor de la localidad de Abasto, partido de La Plata. Es un militante sectorial convencido de que las políticas públicas tienen que protegerlos. 

Floricultor de Abasto, provincia de Buenos Aires.
Las flores se cortan cuando los capullos aún están cerradas. Foto: Pedro Ramos

Según cuenta Silvio, los primeros que trajeron el oficio a Argentina fueron los japoneses. El cuidado que esta cultura le ha dado a sus jardines, al diseño y la planificación de espacios verdes que acompañen amablemente la vida humana, ha llevado a los inmigrantes japoneses a conocer mejor que nadie el manejo de la floricultura. 

En suelo argentino, la comunidad paraguaya y boliviana la ha aprendido, desarrollado y continuado con excelencia a través de las últimas décadas. Silvio nació en Paraguay, y de pequeño emigró a Argentina con su familia. Su padre aprendió el oficio con una familia japonesa, y Silvio aprendió con él. Hoy, junto a su madre y su hermano, llevan adelante un extenso cultivo centrado en rosas, astromelias y san vicentes.

En septiembre, las rosas han comenzado a largar los pimpollos, aún pequeños. Silvio las llama “pan de verano”. En cambio, las astromelias, que abundan también en sus invernáculos, están estalladas de flores de los más diversos colores: estas son “el pan de invierno”.

Cultivo de Astromelias. Floricultura en provincia de Buenos Aires
Cultivo de astromelias, infectado con Trip, plaga que sólo logra combatirse con insumos tóxicos importados. Foto: Pedro Ramos

Enfermedades y tratamientos

Aunque culturalmente relacionamos las flores a la primavera, la floricultura es una actividad de todo el año. Los productores trabajan plantando y cosechando flores en todas las estaciones, eligiendo las plantas por contraestación. “Uno se dedica a hacer tres o cuatro variedades, como mucho, porque cada cultivo tiene su trabajo particular y sus propias necesidades. No se puede diversificar demasiado, sino se vuelve muy complejo”, explica. 

Este monocultivo, les permite aplicar la técnica -un tipo de riego, de cobertura, de abonos- que cada especie necesita. Sin embargo, eso que en horticultura se conoce como cultivos de asociación, intercalar en un mismo surco distintas plantas, permite un control natural de plagas y hongos. “Donde aparece un hongo, un bicho, fuiste, te agarra todo porque es la misma planta”, asegura Silvio. Para prevenirlos y controlarlos, Silvio utiliza bioinsumos y también químicos de laboratorios. Su objetivo, explica, es rentabilizar los costos de producción, “La verdad que cuando reemplazamos algún producto químico, lo hacemos más por achicar el costo que por decisión política”, aclara Silvio, sin embargo, remarca que no usar venenos durante el crecimiento de la planta, vuelve la flor más resistente una vez cortada. 

Cultivo de rosas. Rosa infectada con hongo.
Una de las primeras rosas de la temporada, infectada con hongo. Foto: Pedro Ramos

Las flores tienen poco -o nulo- margen de error. Uno tiene que estar atento y resolver rápido, antes de que la flor se manche o el pimpollo se muera. “Acá se trabaja mucho en cuestiones estéticas. Si no controlás en tiempo y en forma las plagas, no es como una acelga que si es agroecológica y tiene un agujerito no pasa nada. La flor no, tiene que estar perfecta”.

De los catorce floricultores agrupados en Abasto, todos hacen foco en la producción de rosas, porque son plantas de ciclos largos y de única siembra.  Las rosas de Silvio tienen entre diez y quince años. Todavía tienen sus pimpollos pequeños. Están apretados por una malla de plástico, que los sostiene y les impide abrirse antes de alcanzar un buen tamaño para la venta. Algunas plantas tienen las hojas amarillas y los pimpollos se han caído. “Eso es un aborto, la planta aborta el pimpollo. Es por la mancha negra, es la peor enfermedad que le puede agarrar la rosa”. Combatirla es muy difícil, pero esta misma mañana le han echado caldo sulfocálcico, las hojas se ven salpicadas del líquido que mezcla azufre y cal. La Universidad lo prepara, cuenta Silvio, y lo coloca. El costo es de 12 mil pesos los 5 litros, frente a un tratamiento químico industrial que cuesta 2 millones de pesos. La UNLP también trabaja con él en la aplicación de trichoderma, un hongo que se usa para el control biológico. 

Cultivo de rosas
Silvio Perez, floricultor de Abasto con su cultivo de rosas. Foto: Pedro Ramos

El desfinanciamiento de lo público genera desigualdad

Este rol técnico, que solía hacer también el INTA, ahora lo sostiene principalmente la universidad pública, con algunas pocas líneas de investigación y extensión tanto de la UNLP como de la UnQui, por ejemplo. “Ya con el INTA no podemos contar, es una pena, pero está todo desfinanciado. En territorio ya no tienen una línea de trabajo, con el cierre de Cambio Rural no hay programa nacional. Si no me equivoco, en total en toda la provincia quedan 10 técnicos territoriales. Antes eran 300, y no daban abasto. Nosotros veníamos trabajando muy bien con el INTA, con un espacio específico de floricultura”.

INTA no es el único organismo que regulaba y apoyaba al sector rural que está siendo desmontado por el gobierno de Javier Milei. El Instituto Nacional de Semillas, INASE, y la Comisión Nacional de Semillas, disueltos este año, eran dos organismos fundamentales en la regulación del sistema semillero argentino. [Particularmente sobre la disolución de INASE podés leer esta nota].

El hecho de que estos organismos de control no funcionen más, perjudica directamente al pequeño productor y fortalece al concentrador. Un caso concreto es uno que recuerda Silvio, que le ocurrió hace unos años a un compañero que probó injertar una variedad importada, la cosechó y la llevó al mercado: “Le quisieron retener las flores porque decían que estaba patentada. ‘La patente es nuestra’, le dijeron”. Hay una desigualdad muy grande entre los grandes productores, que compran bulbos y semillas importadas, las patentan y por 20 años logran ser dueños de la genética, limitando a otros productores a producir con lo que ellos mismos venden. 

En ese momento, al productor lo sacaron del mercado y lo presionaron para que arranque todas las plantas de su quinta. Pero la situación se aclaró gracias al registro de patentes del INASE, que aún estaba activo: “Le pedí ayuda a un hombre que trabajaba ahí. Saqué fotos, le envié todos los datos… y me dice, ‘Mirá, no hay ninguna variedad de rosa que esté patentada acá en Argentina’, ¡Era mentira!”, se indigna Silvio. “Si la gente no puede tener acceso a esas informaciones, los que tienen poder hacen lo que quieren. Si ahora llega a suceder la misma situación, que nos corran del mercado por una patente, ya no tenemos posibilidad de averiguar nada. Toca decirle, ‘sí, señor’ a los empresarios y ya está”.

Para conflictos como este, de alquiler de tierra o de cualquier otro tipo, la UNLP gestiona hace quince años una Asesoría jurídica para la agricultura familiar, con profesionales de la facultad de derecho que atienden todos los lunes gratuitamente en la facultad de agronomía. 

Invernáculos desde afuera. Foto: Pedro Ramos

Contratos de alquiler y especulación inmobiliaria

Durante varios años, Silvio condujo en Radio Estación Sur el programa Atando Cordones. Este año lo suspendió porque no tiene más tiempo: está trabajando dos quintas a la vez. Después de 25 años alquilando el mismo terreno, tienen que dejarlo y empezar de cero. La especulación inmobiliaria va corriendo a los productores hacia zonas cada vez más apartadas.

“Ahora está en venta el campo y comprarlo es imposible. Lo venden a más de 100 mil dólares por hectárea, así que directamente lo descarté, por usura. Todos los campos grandes se están vendiendo para barrios privados, explicó. A las largas jornadas de trabajo con las flores y los invernáculos, se le suma la siembra y los trasplantes en la nueva quinta, con la que planean asegurarse que la producción no se frene. Pese a todo, consiguió un contrato de cinco años, un alivio para un sector donde los alquileres no suelen superar el año. “La actualización de los contratos en la zona se está haciendo cada 3 meses. ¿Quién puede planificar una producción en tres meses?, denunció Silvio Perez. 

Por el contrario a los tiempos del mercado y la urbanización voraz, los ciclos naturales requieren tiempo, espera, cuidado y repetición. Silvio, Susana y sus familias saben de eso, como todos los agricultores del cinturón hortícola-florícola-frutícola del Gran La Plata. Saben que hay procesos que ninguna máquina puede apurar, porque, al fin y al cabo, mil máquinas jamás podrán hacer una flor.

Susana, productora del cinturón platense, observa los pimpollos. Foto: Pedro Ramos