El cinturón que alimenta la región: entre el éxodo y la resistencia

El cinturón que alimenta la región 

A pocos kilómetros del centro de La Plata, la vista satelital se vuelve inconfundible: son cientos de invernáculos y parcelas cultivadas los que componen el cinturón fruti-flori-hortícola del Gran La Plata. Esta es la franja productiva más grande del país, que abastece a más de 14 millones de personas en la provincia de Buenos Aires y otras regiones, con más de 70 tipos de cultivos, según un informe del 2020 Ministerio de Agricultura, Ganadería y Pesca. 

La gran mayoría de estas quintas son de familias que producen el 60 % de los alimentos frescos que se consumen en Argentina. Pero hoy un éxodo silencioso avanza sobre ellos. Sin electricidad, sin agua corriente, sin caminos, sin señal, en las afueras de La Plata, la presión inmobiliaria está empujando a los productores a lugares sin servicios, sin caminos, sin escuelas.

“Muchos están dejando de cultivar porque ya no lo pueden sostener”, explicó a Desde la Raíz Maritza Puma, productora de la zona de Abasto. El aumento de los insumos dolarizados, los precios de venta que imponen los intermediarios y las pérdidas por las condiciones climáticas, están obligando a los productores a cambiar su forma de producir: trabajar como jornaleros, para patrones, cultivar menos o abandonar el campo.

“Nosotros, quienes vivimos y trabajamos en el campo, normalmente lo hacemos en familia. Alquilamos un pedazo de tierra, organizamos el trabajo, tomamos roles y decisiones en familia”, comentó  Maritza, quien además es técnica en agroecología. Según el Registro Nacional de la Agricultura Familiar (RENAF), de SENASA, en Argentina existen actualmente más de 88.433 unidades productivas familiares, un número que de todos modos no es exacto dado que muchas familias no están registradas.

Además de las hortalizas, en estas quintas también se hace floricultura, apicultura, cría de animales de corral, producción de semillas y plantines. La diversidad productiva es parte del cinturón hortícola, sobre todo, en producciones agroecológicas. “Una quinta agroecológica genera más trabajo y más tareas, mayor diversificación y posibilidades para los jóvenes”, aseguró la técnica agroecológica. Sin embargo, la precariedad de servicios básicos y la inestabilidad de ingresos son parte de la realidad.

El cordón ocupa cerca de 8.000 hectáreas de cultivo (tanto a campo como bajo cubierta), según un estudio de mapas satelitales realizado por la Universidad Nacional de La Plata. El último Censo Provincial Hortícola fue en 2005, el cual reveló la existencia de aproximadamente 1100 productores, de los cuales el 85% residía en las quintas. 

Una producción cada vez más difícil de sostener

El conflicto empieza desde la base: gran parte de los productores son migrantes no capitalizados, con una relación muy inestable con la tierra en la que trabajan y también viven. Según  el Consultorio Técnico Popular (CoTePo), el 80% de quienes producen alimentos en el cinturón platense no posee tierras y debe alquilar sus parcelas.

El arrendamiento es, en la mayoría de los casos, un contrato precario y anual, tiempo que para el desarrollo de un cultivo se queda muy corto. Además, es muy común que tengan restricciones para la construcción de infraestructuras permanentes, es decir, casas, baños y pozos de agua. No sólo no pueden mejorar su vivienda, tampoco pueden cultivar árboles o diseñar a largo plazo la siembra. Esta falta de acceso a la tierra es el principal condicionante de la precariedad rural.

A eso se le suman los costos de producción: infraestructura, semillas, insumos, maquinaria. En un modelo convencional, gran parte de la inversión se va en fertilizantes, pesticidas y plantines que rara vez dan semillas fértiles. Los productores quedan atrapados en un círculo dependiente de insumos dolarizados y redes de comercialización sumamente injustas.

Sin infraestructura ni transporte propio para la comercialización, la venta se hace a “culata de camión”, como dicen los productores locales. Los intermediarios buscan la verdura en las quintas y pagan precios bajísimos. “La mayoría de las veces lo que te pagan por la cosecha, no cubre ni el costo de la semilla. Por más trabajo que hagas, la familia sigue en la misma situación. No hay ganancia y además quedás endeudado”, explicó Maritza. 

Además, la presión inmobiliaria añade otra capa de tensión. Las zonas fértiles cercanas a La Plata suelen buscarse y venderse para desarrollar barrios privados, desplazando la producción hacia áreas más alejadas, sin servicios, caminos o escuelas. 

El negocio inmobiliario no sólo encarece los alquileres, también vuelve imposible para este sector la compra de la tierra. “En Abasto, por ejemplo, ya no se alquilan tierras para producir porque están vendiendo”, aseguró Maritza. El avance de los barrios, generalmente privados, ocupa tierras fértiles, con agua disponible, y todas las condiciones para producir alimentos. “Avanza la urbanidad y nosotros nos vamos desplazando… Ahora, el cordón ya está llegando al municipio de Magdalena”, agregó. 

Este también es un sector muy afectado por el cambio climático: inundaciones, olas de calor, sequías, granizos, que ponen en riesgo la actividad. Para dar solo dos ejemplos, en abril de este año el granizo destruyó invernáculos enteros y, en mayo, las inundaciones ahogaron los cultivos. 

La consecuencia son las cientos de familias que están dejando el campo porque apenas pueden juntar para comer. La paradoja es brutal: son productores de alimentos. Muchos vuelven a sus países o provincias, migran a empleos urbanos, o se vuelcan al trabajo jornalero para otras quintas. En todos los casos, se pierde diversidad productiva y capacidad de abastecimiento local.

Sin embargo, un halo de esperanza, a veces más firme, a veces más liviano, se interpone. Las familias y comunidades agricultoras tienen la certeza de que todo está en las semillas y su potencia milenaria para la reproducción de la vida, sin sistemas asfixiantes, sin agregados tóxicos o mercados que impongan precios. Es la agroecología autónoma y colectiva la posibilidad de, no sólo cuidar la tierra y el ambiente, sino también construir un sistema alimentario justo y soberano, dónde la dignidad prime por sobre todas las cosas, con  con la memoria puesta en el pasado y la esperanza en un futuro mejor.

Foto: Minga, fotos libres para la soberanía alimentaria y el buen vivir.

Agroecología y organización para una vida digna

Es una mañana de sábado, en el cruce de ruta 36 y calle 448, Villa Urquiza, La Plata. Dentro de un invernadero, un par de palas remueven la tierra, mientras otras manos cargan baldes y algunos niños corren al sol. Unos diez o quince productores trabajan sobre una pila de bokashi: un abono natural que devuelve fertilidad a los suelos.

Afuera, Zaira revisa las semillas de tomate que hace unos meses puso a secar: eligió los mejores cherrys de la cosecha, extrajo sus semillas, las lavó, las limpió y las dejó en cajones al sol. Serán estas las semillas de la próxima temporada. Mientras tanto, Natalia prepara un purín de paraíso: machaca los frutos redondos y amarillos del árbol Paraiso que luego pondrá en un tacho con agua, lo dejará fermentar y así obtendrá un insecticida capaz de salvar un cultivo entero con plagas.

En la biofábrica de CoTePo hay estantes con bidones, botellas y frascos. Abonos y preparados con distintas funciones: “En una producción agroecológica hacemos nuestros propios biopreparados, abonos, nuestro propio banco de semillas y plantines. Lo que antes nosotros dejábamos en una agroquímica ahora nos queda para nosotros”, contó Maritza.

En este escenario, la agroecología más que una utopía, es una realidad para el buen vivir rural. No se trata de una cuestión meramente ambiental, sino, sobre todas las cosas, de una práctica que le hace justicia y le da autonomía al productor.  Maritza afirmó que para ellos la agroecología fue realmente una solución a muchas problemáticas.

En 2017, cuando Maritza Puma terminó el secundario, ya sabía que quería producir la tierra de otra manera. Empezó a formarse en organizaciones y encuentros rurales, hasta que en 2019 se unió al COTEPO, una cooperativa de 20 familias productoras que, además de cultivar, brindan acompañamiento para la transición agroecológica. Además, en su biofábrica, elaboran bioinsumos, los venden y coordinan encuentros donde compartir las recetas, las experiencias y estrategias.

”Lo que sale bien se comparte, y lo que no también”, contó Maritza y añadió: ”no saber qué hacer cuando algo sale mal es lo que más te lleva a abandonar todo”. 

La organización se extiende a más de 100 productores del cinturón hortícola platense, distribuidos en localidades como Lisandro Olmos, Colonia Urquiza, Abasto, El Pato y Echeverry. La conformación del grupo les permitió no solo abordar las problemáticas vinculadas a la producción y la comercialización, sino también comenzar a formarse entre ellos en agroecología. Así empezaron a poner en práctica los saberes adquiridos en sus campos, en otros talleres, y en encuentros con demás productores de la zona. En otras palabras, les da más control sobre su trabajo y más capacidad para decidir qué, cómo y a qué precio producir.

Maritza Puma. Foto de la colección Quinteros del Cordón de Gustavo Bezzolo

Una resistencia que se teje a través de una técnica productiva ancestral para hacerle frente a un modelo agroindustrial que los excluye. 

Ese es el motor que mueve cada taller, cada reunión o jornada. La construcción colectiva es ese brazo donde sostenerse y apostar por un modelo que produzca alimentos sanos y defienda la vida en el campo como un derecho, con dignidad y libertad.