En sus costas, a la altura de Rosario, un grupo de amigos se acuesta sobre la húmeda arena. Uno de ellos intenta dormir mientras los demás lo molestan. El más joven se va al agua y vuelve refrescado.
A unos metros, en la playa, dos mujeres toman sol. En paralelo, un equipo de rugby compuesto por varones adolescentes se mete a la orilla y comienza la guerra de barro, a pesar de los retos de sus profesores. La familia y las amistades rosarinas se hacen con agua color tierra.
Más allá, tan solo unos metros río adentro, un barco casi de la longitud del monumento a la bandera se abre paso sin pedir permiso. Tiene bandera argentina, pero en su popa dice Kirguistán.
El contraste asusta. No cierra. Es como si un elefante caminara por el Parque Sarmiento en Córdoba o por el Parque de la Independencia en Rosario. Los pescadores artesanales pasan a su lado y se pierden ante el acero rojizo del gigante. No es el único barco panamax en camino. Atrás le siguen otros. Y adelante también. Unos van, otros vienen. Todos se llevan algo de Argentina.
FOTO/Nicolas Hernández/El Grito del Sur/Red de medios digitalesFOTO/Pedro Ramos/Desde la Raiz/Red de medios digitalesFOTO/Pedro Ramos/Desde la Raiz/Red de medios digitalesFOTO/Pedro Ramos/Desde la Raiz/Red de medios digitalesFOTO/Ezequiel Luque/La Tinta/Red de medios digitalesFOTO/Nicolas Hernández/El Grito del Sur/Red de medios digitalesFOTO/Julio Pereyra/Enfant terrible/Red de medios digitalesFOTO/Ezequiel Luque/La Tinta/Red de medios digitalesFOTO/Pedro Ramos/Desde la Raiz/Red de medios digitalesFOTO/Julio Pereyra/Enfant terrible/Red de medios digitalesFOTO/Pedro Ramos/Desde la Raiz/Red de medios digitalesFOTO/Julio Pereyra/Enfant terrible/Red de medios digitalesFOTO/Julio Pereyra/Enfant terrible/Red de medios digitalesFOTO/Ezequiel Luque/La Tinta/Red de medios digitalesFOTO/Julio Pereyra/Enfant terrible/Red de medios digitalesFOTO/Nicolas Hernández/El Grito del Sur/Red de medios digitalesFOTO/Pedro Ramos/Desde la Raiz/Red de medios digitalesFOTO/Nicolas Hernández/El Grito del Sur/Red de medios digitalesFOTO/Pedro Ramos/Desde la Raiz/Red de medios digitales
✍🏽 @savoretti.rodrigo Fotos por Ezquiel Luque, Pedro Ramos, Nicolas Hernandez, Julio Pereyra
A un costado de las vías del tren Roca, un cartel dice Huerta Santa Elena. Detrás, los perros juegan y se muerden y, más allá, una mujer le da de comer a las gallinas. Tiene 74 años y lleva toda una vida cultivando la misma tierra que sus padres recibieron del Estado Provincial hace más de 75 años. Defendiéndola, también.
A Elena Senattori le dicen Bety. Su familia llegó desde Entre Ríos con las migraciones que ampliaron el conurbano bonaerense a mitad del siglo XX. Sus padres, don Luis y doña Rosa, llegaron al Parque Pereyra de la mano de su tío Emilio Senatori, quien había solicitado la tenencia de una finca que el gobierno ofrecía a chacareros, a condición de cultivar alimentos. El terreno formaba parte de lo que había sido la estancia San Juan de los Pereyra Iraola.
Durante exactamente un siglo, los Pereyra Iraola fueron dueños de más de 10.000 hectáreas ubicadas entre La Plata y la Capital Federal. En 1949, el gobernador Domingo Mercante, junto al presidente Juan Domingo Perón, dispusieron su expropiación, como parte de una política de Estado destinada a recuperar ‘tierras ociosas’ en la provincia y distribuirlas entre familias trabajadoras.
Fotos | Pedro Ramos DLR
En tren desde Entre Ríos, los hermanos Senattori llegaron al lugar que hoy conocemos como Parque Pereyra Iraola, aunque en principio con la expropiación se llamó Parque Derechos de la Ancianidad. Poco a poco se instalaron en ese parque boscoso y deshabitado de la vieja estancia, aquel predio que los peones llamaban ‘el parque de diversiones de los Pereyra’ por su amplitud, y construyeron familia.
En el año 1956, la familia de Otto y Ana Kiss, que habían sido encargados de producir la tierra para las niñas pupilas del Colegio María Teresa, se iban del sector J, lote 61-64, y le ofrecieron a Luis y Rosa, hacer el trámite para pasarles la tenencia de la tierra.
«Acá aprendimos con mi hermana Rosa y mis hermanos Humberto y Carlos a cultivar la tierra», recuerda Elena, la más grande de los cuatro, todos nacidos en esa casa de Pereyra. Ella tendría un rol importantísimo para el proyecto familiar y para la historia productiva del parque provincial.
Hoy, pegada a las vías del tren Roca -el cual se nacionalizó en aquellos mismos años-, una pequeña tranquera y un cartel indican: Huerta Ecológica Santa Elena. Es su huerta pero, también, un espacio comunitario donde participan muchas personas. Al pasar, los perros son los primeros en recibirte.
Fotos | Pedro Ramos DLR
Entre el tren y las flores
Es viernes a las once de la mañana. Llego en tren a Pereyra. El día está hermoso: la primavera estalla en el parque. El verde brilla por todos lados y pareciera que la luz del sol rebotara en cada hoja nueva, brillante y lisa. Cruzo las vías y entro a la huerta. El caminito de tierra está rodeado de pasto fresco y de flores violetas. Cientos de abejas y abejorros revolotean entre ellas. Un pony mastica tranquilo más allá. Aprecio un rato este paisaje que parece una película de animación japonesa y sigo el camino. Esta vez ninguno de los perros viene a buscarme, así que adivino que Elena y el grupo deben andar por ahí con ellos. Paso la casa, doblo en el gran cedro, rodeo el gallinero y los veo sentados a la sombra del paraíso, coronados con sus pequeñas flores lilas.
Fotos | Pedro Ramos DLR
Esa tarde le pregunté a Elena cómo es que la bautizaron Santa Elena.
—Fue el cura de la capilla Santa Elena del parque, Leonardo Belderrain —me cuenta—, durante el tiempo de la lucha contra los desalojos, allá en el ‘98. Incluso a él también lo amenazaron: le decían que se dejara de arengar gente. Yo le conté mi historia de los tres matrimonios. Entonces me dice, «Bueno, sos Elena, tu huerta se va a llamar Santa Elena, porque hay que ser una santa para sobrevivir a tres matrimonios».
Una santa, de las que también pelean y ponen el pecho con tal de defender lo suyo. Elena nunca fue una mujer de silencios. Es irreverente, fuerte como el campo vuelve a su gente y rebelde como los vientos. Una mujer demasiado independiente como para que alguien le diga cómo hacer las cosas.
Desde los años cincuenta, la Huerta Santa Elena ha sido, ininterrumpidamente, una granja de producción familiar. Tras la muerte de su padre y con la vejez de su madre, Elena se puso al frente y orientó la producción hacia la agroecología. En las 5 hectáreas de la finca, se producen hortalizas, huevos, pollos y miel que se reparten en canastas todas las semanas con un sistema de abonados mensuales. Un trabajo que realiza junto a sus hijas, Jorgelina y Maria Fernanda.
Fotos | Pedro Ramos DLR
***
Era 1981, todavía año militar. Elena, que se había ido a Rosario con su marido, regresó sola con sus cuatro hijos, después de que su matrimonio se quebrara. Volvió a vivir al campo junto a sus padres, a Pereyra, de donde —dice— nunca debería haberse ido.
Tenía 30 años. Sin marido, sin casa, sin trabajo. Tenía que volver a empezar.
—Don Luis, si a usted le parece, mande a su hija, ya que está separada, a vendernos alfajores —le ofreció a su padre un día el capitán del cuartel de infantería que funcionaba al lado de su quinta.
En las tierras que el peronismo expropió, la dictadura dió lugar, por un lado, a la escuela de Policía Juan Vucetich y, por el otro, al Centro de Formación de Infantería Naval (Cifin).
—Y yo les iba a vender alfajores. No tenía noción de lo que estaba pasando. Los compraba y se los vendía a ellos, un montón. Con eso y con mi propia producción de flores en la huerta me compré mi primer autito.
Elena nos cuenta esto mientras toma un mate, dulce le gusta, y las gallinas corren y cacarean alrededor. Detrás suyo, está la misma casa en la que pasó su infancia y vió morir a los suyos. A su espalda, el cuarto en el que su madre durmió hasta los 85 años, el mismo donde ahora se comparten almuerzos.
Fotos | Pedro Ramos DLR
***
—Otro día estaba con mi mamá, allá en la tierra, yo con mis caléndulas y ella con sus verduras.
Los cuatro nenes estaban en la casa solos.
—A mi hija Jorgelina le gustaba mucho la costura, ella se hacía sus blusas. De pronto escucho los gritos. Se habían puesto Mari y Seba, los dos chiquitos, a jugar con la máquina y la aguja había atravesado de lado a lado el dedo de Mari. Así como estaba, en patas, con un short y una remera vieja, manotié la yegua y cargué a la piba que gritaba como una descosida —recuerda Elena riéndose del doble sentido—. Salí galopando para el cuartel porque ¿dónde más iba a ir? No había más nada —, dice del lugar donde hoy funciona la base de Guardaparques.
—¿Qué clase de mujer viene vestida así a un lugar donde hay más de tres mil soldados? —desdeñó el guardia cuando la vió llegar.
—¡Qué me importa! yo quiero que le saquen la aguja a mi hija. —gritó Elena, levantando la mano de Mari.
El oficial pegó un grito al ver el dedo. Y la llevó a la casilla de enfermería, donde la operaron para sacarle la aguja.
Muchas manos en el plato hacen injusto el garabato
Esa mujer que se fue casada y volvió sola al campo, tuvo que hacerse la sorda con los comentarios que la gente hacía, mientras se la rebuscaba para ganarse el pan.
Lo que cultivaban junto a su padre lo vendían en el Mercado Abasto, siempre a través de intermediarios. Intermediarios que, como sigue ocurriendo hoy, pagan con suerte un tercio de lo que luego cobran.
Fotos | Pedro Ramos DLR
La Navidad de 1987, un Mercedez Benz estacionó del otro lado de la vía. El consignatario con el que estaban trabajando bajó del auto con una botella grande de champagne y tocó la puerta.
—Papi, pero qué caro va a costar eso. —se preocupó Elena cuando vió la botella.
—No, don Luis, se equivoca su hija —respondió el hombre—. Esto es un obsequio que le mandamos nosotros desde el Mercado Abasto.
La semana anterior, ese mismo consignatario había vendido cientos de cajones de tomate de la familia Senattori a dos pesos por cajón. A don Luis le había pagado apenas 50 centavos pero la diferencia se arreglaba con un champagne.
—«Cambiamos de puestero» dijo mi papá. «Cambiamos de puestero, hijos, pero no de chorro».
Y con sobradas razones lo decía don Luis. El siguiente consignatario fue un vecino, en quien confiaron porque era también un hombre de campo, alguien que —como dice Elena— «conocía el sufrimiento». El arreglo parecía más justo.
Un día, Elena fue a buscar la boleta del mercado. En la casa vecina, la esposa acomodaba los papeles mientras el marido le daba las indicaciones. Entre risas, los escuchó hablar. Y lo que escuchó le hirvió la sangre.
Ese día se calló la boca. Otra vez, la misma historia, un intermediario que le tira al productor las chirolas.
Salir del mercado, volver a lo que sabían los viejos
Fue ahí que Elena le dijo a don Luis:
—Papi, hay que abrirnos de esto. Hay que empezar a vender por nuestra cuenta.
Entonces empezó a salir con la bicicleta, vendiendo flores y verduras en la zona.
—Ahí me hice de vender. Hasta que en el ‘93 me falló mi papá. Murió y se me terminó su compañía. Yo creo que después de eso perdí el empuje. Todo me ha costado un poco más.
Aún así, aunque ella crea que le ha faltado fuerza, nunca descuidó la huerta, no ha dejado de tomar decisiones, de buscar las maneras ni de seguir apostando por el trabajo en el campo.
A fines de los ‘90, Elena se convenció de que tenían que dejar de cultivar convencionalmente, con agroquímicos.
—Eran años muy difíciles para nosotros. De pronto un ingeniero agrónomo, Lalo Botessi, nos dijo que el futuro era hacer agroecología.
En definitiva, no era nada nuevo: era volver a lo que sus padres hacían cuando llegaron a Buenos Aires, lo que hacían en Entre Ríos y lo que ella misma había aprendido de chica. Desde la llegada del paquete agrotecnológico, a mediados de los ‘80, habían pasado poco más de diez años, las cuentas no cerraban y ellas quedaban cada vez más atadas a los proveedores.
—Nos llevó 5 años la transición agroecológica —dice—, hasta el 2004 que empezamos a ver los primeros frutos.
Fotos | Pedro Ramos DLR
Mientras charlamos, vamos caminando por la quinta, viendo la nueva siembra de zapallo y maíz. Hace poco pudieron comprarse un tractor que les permite cultivar parcelas más extensas. «Quién me manda a meterme en una compra así a esta edad, ¿no? pero bueno, yo quiero que acá se siga trabajando», dice.
Esta semana ha explotado en el campo una flor amarilla, de un yuyo silvestre que se alza hasta un metro de altura. El sol está poniéndose y el momento es ideal para sacarle una foto. Elena se ríe porque dice que tiene puesta la misma remera que en unas fotos que le sacó la Cátedra de Soberanía Alimentaria (CALISA) UNLP hace al menos diez años. Sigue siendo una mujer sencilla y su remera le gusta porque es bien fresca. Además, lleva un sombrero de paja con un lazo floreado que le perteneció a su amiga Leda Giaunuzzi, doctora en ciencias químicas, especialista en toxicología de los alimentos y miembro de la CALISA.
—La verdad que nunca me imaginé posando para las fotos. Pero acá estoy. Lo hago porque quiero que todo esto quede guardado ¿viste? tanto trabajo…
Defender la tierra y construir comunidad
Con la muerte de su hijo, Sebastián, Elena estuvo a punto de dejar el campo. Sin embargo, volvió a mirar los cielos amplios, las tierras tan fértiles, el verde, las moras que les teñían sus manos de pequeña, los talas y sus frutitos naranjas, el paraíso. Escuchó el silencio, escuchó el tren corriendo por la vía. Y volvió a confiar, otra vez.
Además de trabajar la tierra, las mujeres como Elena en el campo son en general las que construyen redes y vínculos, casi invisibles, entre la familia, los vecinos y los espacios cercanos. Hacen reuniones, comparten una comida, abren las puertas, resisten y conversan.
Fotos | Pedro Ramos DLR
Como en 1998, cuando las políticas neoliberales buscaron recuperar aquellos espacios que el Estado había cedido. Los quinteros del Parque Pereyra Iraola -productores y habitantes, descapitalizados y sin recursos, en total 211 familias registradas- se enfrentaron al gobierno provincial que intentó desalojarlos. El operativo, encabezado por el fiscal de Estado Ricardo Szelagowski, fue muy violento.
El primer desalojo se hizo en octubre de 1998 con un gran despliegue escénico: 10 patrulleros, carros, personal de infantería con cascos, palos y lanzagases, oficiales de la división Halcón de la Policía, ambulancias y camionetas del ministerio de la Producción en las que se llevaron las pertenencias de las familias. Los desalojados fueron productores antiguos, muchos de ellos asentados en el Parque desde 1950.
—Murieron dos mujeres en esta lucha —me contó Elena una de las primeras veces que la vi—. Éramos cinco las que íbamos al frente y no era la primera vez que frenabamos un desalojo. Fuimos a la gobernación de La Plata a protestarle a Duhalde. Una de ellas era muy irreverente, se llamaba Estela García, no se callaba, les gritaba a los oficiales; nosotras le decíamos que pare pero ella tenía mucha rabia. Estaba tan enojada. Murió poco después de que termine el conflicto. Y a Delia Cerdiuk, se le disparó un cáncer terrible, también enseguida después de todo eso. Esos enfrentamientos no son gratis. Yo seguí, por suerte.
Aunque tuvo gran repercusión y apoyo social, el conflicto duró años con cortes, tractorazos y campamentos en la unión de los caminos Centenario y Belgrano. Para 1999 ya se habían efectivizado 40 desalojos y había 80 más en curso judicial. Una de las banderas de ese momento era “Somos la Argentina sin tierra”.
Finalmente, en 2001 el conflicto se dio por ‘solucionado’ cuando la Legislatura bonaerense creó una Comisión Bicameral para evaluar la situación del Parque a cargo de la Universidad Nacional de La Plata, con suspensión de desalojos por prórroga ininterrumpida, es decir, hasta tanto se solucione el conflicto y la situación quedó estancado.
Fotos | Pedro Ramos DLR
Fue por aquellos años que Elena conoció a docentes e investigadores de la UNLP. El primero fue Gabriel Soler, en una jornada de Productos Típicos Locales en la facultad de ciencias agrarias, junto a Mariana Marasas e Irene Velarde, con los viñateros de la costa. También en esos años apareció Gustavo Tito -biólogo, docente y luego Director del INTA IPAF de la agricultura familiar- que con el programa Cambio Rural Bonaerense llevó a Elena a visitar productores de distintas provincias. Además, compañeros como Fernando Glenza y Leda Gianuzzi, comenzaron a visitar la huerta e intervenir en ella. Bety me encomienda que escriba cada uno de sus nombres.
En 2003, la huerta comenzó a abrirse como espacio educativo. Luego, se conformó oficialmente el Centro Comunitario de Extensión Universitaria N°10 ‘Parque Pereyra’, con el impulso de la CALISA UNLP.
De este modo, se alzaron nuevos vientos: estudiantes, docentes, investigadores de distintas disciplinas comenzaron a visitar el primer centro rural de la universidad. Encontraron allí un territorio de estudio, aprendizaje y militancia. En la Huerta Santa Elena se entreteje, año a año, un aula viva de la Agroecología y la Soberanía Alimentaria.
Fotos | Pedro Ramos DLR
La comercialización
Particularmente, la Huerta Santa Elena tiene un sistema de comercialización característico: una venta por abono mensual, que se paga por adelantado. Con esta forma han conseguido afrontar los gastos de la producción y asegurarle al cliente una canasta de verduras frescas todas las semanas.
Otra forma de venta es a pedido, mediante un listado que envía Elena con los productos, que se compra por kilo.
Fotos | Pedro Ramos DLR
—Cada consumidor elige lo que lleva a su mesa. A este sistema le llamamos ‘Agricultura Sostenida por la Comunidad’.
Con sus dos hijas, toman los pedidos, los organizan y luego los reparten a domicilio. La galería de su propia casa desborda cada viernes de verduras y cajones que arman personalmente para cada cliente, según gustos y preferencias, mientras charlan y alguno de los nietos más pequeños les ceba mates.