Los incendios se multiplican en la Comarca Andina. Intencionales o provocados por un rayo, las llamas en Puerto Patriada, Epuyén y Lago Menendez desataron el hartazgo de una comunidad chubutense golpeada. Mientras las autoridades provinciales se abocan a responder, sin éxito, quiénes están detrás del fuego, los brigadistas, bomberos y vecinos autoconvocados batallan otra vez cuerpo a cuerpo contra el único combustible que hace que los focos se multipliquen: el abandono estatal.
Puerto Patriada: la señal de alerta
—¿Eso es humo?
A las dos de la tarde, en los dormis del complejo Punto Puerto Patriada, donde viven Francisco Bennett y su familia, un turista señala la columna de humo gris que asciende desde el bosque sobre la Primera Cantera, a pocos kilómetros de donde se encuentran ellos. Es 5 de enero de 2026. Pero a esa hora de la tarde, con 30 grados inaugurando la temporada turística, el escenario catastrófico todavía no está ni cerca.
—Pensamos que no era nada —dice Francisco, agitado, a cuatro días de haberse desatado el incendio. De fondo el ruido de un motor acompaña la cadencia de sus palabras. La motobomba permanece activa para abastecer a todo el complejo que sigue aislado, sin luz ni agua.
Una hora después, una llamarada roja en la montaña se avista desde la orilla del lago. Enseguida dan aviso a los bomberos, que llegan en minutos a la zona. La sirena a lo lejos se mezcla con el murmullo del agua que golpea las piedras en la costa. Las preguntas de los turistas empiezan a sucederse como un huracán: qué hacer, a dónde ir, qué pasa si llega el fuego hasta ellos. La policía llega a la zona más tarde y cierra la única vía de acceso que conecta con El Hoyo, ubicado a 14 kilómetros de distancia.

De Puerto Patriada, a las cuatro de la tarde, nadie entra y nadie sale.
—Había gente de El Hoyo, vecinos, que querían subir a ayudarnos, a traer una parte más de la manguera, y no los dejaron pasar —explica Zoe Horiszny, novia de Francisco. En su voz se yergue la adrenalina de la soledad que los rodeaba en aquel momento y que aún persiste.
—Tratamos de calmar a la gente. Preparamos la motobomba, para tenerla ya por las dudas.
Las chispas avanzan con violencia sobre el pasto reseco. Devoran raíces, ramas, troncos, hasta convertirse en llamas de más de 20 metros de altura. La brigada comienza a actuar sobre la ladera, pero el fuego es más rápido. Francisco corre de un lado a otro para ayudar a su familia a cargar agua en lo que encuentran a mano: un balde, un bidón, o la manguera de emergencia. Zoe es la encargada de grabar con su celular cada pieza de ese escenario como una cineasta nata. Cuando las chispas se arriman a uno de los dormis, la luz se apaga y el tanque deja de cargar. Francisco corre a prender la motobomba con la que cargan el tanque australiano, una especie de pileta de metal con la que abastecerse con agua del lago. Lo único que tienen a mano.
Para la noche, el fuego ya se había acercado a la confitería y las chispas saltaban sobre uno de los techos, donde la resina del pino acumulado se encendía con rapidez. A escasos centímetros, junto a las mesas de pino barnizadas, las raíces de un viejo coihue se aferran a la tierra como garras. “Era el coihue o la confitería”, recuerda Zoé.

Cuando el fuego deja la zona, el escenario es devastador. Algunos árboles ennegrecidos caen al suelo. Las cenizas se acumulan sobre el pasto reseco. El viento no ayuda. La familia socorre a sus vecinos para salvar las tres casas y la estancia que se encuentran en medio del bosque, justo hacia dónde se encamina el fuego. Nuevos focos encienden la señal de alerta que, dos días después, acabarán por alcanzar el cerro Pirque y rodearlo hasta llegar a Epuyén.
Una montaña encendida, un pueblo incomunicado. Información que viaja y se distorsiona. El escenario se vuelve caótico.
Epuyén: un pueblo hecho cenizas.
Es jueves 8 de enero y el fuego rodea la localidad de Epuyén. Los bomberos y brigadistas siguen trabajando, con sueldos de casi $860 mil que no alcanzan a cubrir la canasta básica según datos del INDEC. El incendio se expande en tres direcciones sobre el Cerro Pirque, Epuyén y valle del arroyo Minas. El aire quema, el suelo tiembla, el humo borra el horizonte. El personal operativo de casi 560 personas no da a basto y los vecinos se organizan para salir a ayudar con lo que tienen.
El avión hidrante de la provincia carga agua en el lago Epuyén y sobrevuela la zona de El Pedregoso. Pero a las nueve de la noche las llamas se descontrolan con las fuertes rafagas de casi 50km/h, y cruzan la Ruta Nacional 40 entre El Hoyo y Epuyén, a la altura de Los Paredones. Desde la municipalidad extienden el comunicado de una posible evacuación. “Es angustiante ver cómo se quema todo loco, todo. Ver llorar a los brigadistas, te destruye”, dice Maxi Jonas, fotógrafo de Puerto Madryn de Chubut, en la cobertura que está haciendo desde su instagram.
A esa hora ya son más de 4.000 hectáreas las afectadas, y no hay forma de detener el ritmo frenético de ese fuego rebelde.
A pocos kilómetros, el panorama se encrudece en el aserradero de madera nativa de Gustavo Alfredo Franco. Las llamas empiezan a tomar parte del terreno de El Coihue, uno de los cerros que se ubica en la ruta 70 de ingreso de El Maitén. Desde el aserradero piden ayuda a través de las redes sociales, para evitar que el fuego avance sobre las líneas de energía cercanas que abastecen a las localidades de Puerto Patriada, Epuyén, El Hoyo y Cholila. Un día después, el pueblo quedaría aislado.

Jairo Rayel, de 30 años, no duda al ver ese anuncio: de inmediato prepara sus botas, su mochila con frutos secos y algún abrigo, y sale con lo puesto de su casa en El Maitén, donde vive con su pareja y su hija de 3 años. Apenas se acercan al kilómetro 6 a las 10 de la mañana del viernes 9, la señal se pierde. Jairo agarra su handy y escucha con claridad: piden totem, contenedores de agua que caben justo en la caja de una camioneta 4×4, y más personas para ayudar a armar cortafuegos alrededor de las viviendas.
Al llegar al lugar, los frentes ya se habían expandido sobre la chacra de la ruta 70, hacia atrás cerca de la laguna Mercedes, y cruzando el río Epuyén que nace en el lago con el mismo nombre.
—Había focos por todos lados. Nosotros nos encontrábamos con distintas personas y nos juntabamos en grupos para ayudar a la gente que ya estaba ahí. Con abastecimiento, mangas o simplemente metiéndonos dentro del fuego para contenerlo.
Con 11 años de experiencia como bombero voluntario, Jairo recuerda la sensación que lo recorría ese fin de semana. “Nunca vi un incendio de tal magnitud”, dice, y no solo por lo que ve con las llamas ya extintas, sino también por lo que se vive en medio de la noche sin luz y sin señal.

Con pocas horas de descanso, trabajando día y noche frente a un incendio que no da tregua, una vianda con comida y una botella de agua llegan a sus manos. En los relevamientos, alguien se acerca y les ceba un mate. “Es un incendio que nos va a marcar a todo el sur completo”, recuerda.
Después de la lluvia de la tarde del domingo 11, la ruta 40 era un campo de cenizas.
El viernes 16, cinco días después, el incendio ya había consumido más de 14 mil hectáreas según el último parte del Servicio Provincial de Manejo del Fuego (SPMF), lo que equivale a una superficie similar a la mitad de la Ciudad de Buenos Aires.
Un año antes: lo que el fuego les dejó.
Cristina Lucha sale al patio de su casa a buscar a su marido cuando escucha la sirena de los bomberos acercarse al barrio. Su marido, Oscar Marquez, está podando el césped con las orejeras puestas.
—Negro, me parece que hay incendio. Mirá el humo.
La columna de humo negro se instala detrás de la escuela N°9 Mariano Moreno de Epuyén. Cristina y Oscar alcanzan a verlo desde el patio de su casa, cerca de la avenida Los Retamos, y a escasos metros de una montaña que, hora después, irradiará de calor.
Un año después, lo que más recuerda Cristina son los ruidos.
—Yo nunca había escuchado el bramar del fuego. Le decía a mis hijas: “chicas, ¿qué es eso?”. Porque el avión no andaba a esa hora. Y era el fuego que cuando toma esa cantidad de pinos hace un ruido muy fuerte. Horrible.

Era el rugido del fuego consumiendo cipreses, ñires, y demás especies de bosque nativo, los chispazos de las piñas de los pinos que saltaban en el suelo, las sirenas de los Vehículos que iban y venían, el canto de los pájaros que huían. Cristina pensó que perdían todo. Lloraba antes de salir con sus hijas para El Bolsón. Ninguna estaba preparada para una evacuación. ¿Qué guardar en la camioneta? ¿Qué recuerdos entran en una valija? Oscar, por su parte, aún tenía esperanza, y fue esa la fortaleza que lo hizo quedarse con su cuñado en la casa que lo vio crecer. Llevan 46 años de casados, pero en tanto tiempo jamás habían visto un incendio tan cerca.
—Estábamos tapados de humo y con ceniza. No podíamos respirar bien.
La irregularidad con la que avanzaba el fuego llamaba la atención de Oscar y Cristina. Como un tablero de ajedrez, las chispas saltaban descontinuadas, y dejando atrás sectores ardiendo y otros libres. Ese verano, un conocido de Oscar y Cristina salvó su casa gracias a la fila de álamos que no habían cortado. Arrojados a la suerte, y porque el viento iba en dirección opuesta, justo hacia arriba en la montaña, el fuego se alejó y la pareja logró salvar su casa.
Pero hay una sensación que queda latente en el cuerpo. Una señal de alarma, como dormir con un ojo abierto cada verano.
—Es la sensación de perder algo, porque vos sabes que eso después no va a estar —dice Cristina, que está por cumplir 70 años dentro de poco.
El 15 de enero de 2025, 72 familias de Epuyén quedaron con lo puesto. Dos semanas después, la localidad de Mallín Ahogado fue afectada por otro incendio, que reforzó las sospechas de la intencionalidad detrás del fuego en la cordillera de Chubut. El gobernador, Ignacio Torres, gestionó ante Nación $7 mil millones para la reconstrucción de Epuyén. Durante ese año, vecinos y vecinas de la asamblea Reconstruyendo Epuyén viajaron a Rawson en varias oportunidades para denunciar que el monto apenas les alcanzaba para cubrir el gasto en materiales de una construcción mínima, sin incluir mano de obra.
Después de la lluvia, el alivio
—No alcanzamos a reponernos del incendio de 2025 cuando se desata este que fue peor —cuenta Jesica Santana desde la oficina de servicios públicos de la localidad afectada.
La combinación de la sequía, con cerros prácticamente sin nieve acumulada, con precipitaciones escasas, con plaga de pinos altamente inflamables, entre otros factores, forman parte de una lista interminable de posibles causas que podrían haber desatado el incendio.
Según explica Javier Grosfeld, biólogo, técnico del CONICET, y exsecretario de bosques de la provincia de Rio Negro en esta nota, “con los incendios de los últimos años, se fue generando un desierto verde de pino radiata, que crece a muy altas densidades, a 100 mil especies por hectárea. Es enorme. Tiene dinámica de invasión de una especie que se adapta muy bien al fuego”.
¿Se podría haber evitado esta catástrofe?
—Los brigadistas, bomberos y gente que se sumó al combate hizo lo que más pudo. Pero lamentablemente depende también de las órdenes jerárquicas —confirma Jesica sobre lo que se comenta entre vecinos de la zona no solo sobre Epuyén, sino también sobre el Parque Nacional Los Alerces.

Se habla entre los pobladores que se podría haber evitado. Según datos oficiales analizados por la Fundación Ambiente y Recursos Naturales (FARN), en 2025 el gobierno nacional dejó sin ejecutar el 25% del presupuesto asignado al manejo del fuego, lo que equivale a casi $20.000 millones. La comunidad reclama más prevención, concientización y presencia del Estado. Porque con un posteo de agradecimiento al trabajo de los brigadistas hecho con inteligencia artificial por parte del presidente no alcanza cuando el presupuesto nacional prevé un recorte del 53% del programa para el Manejo del Fuego.
La especulación sobre un posible negocio inmobiliario o un proyecto de sionistas o judios se acrecienta con el correr de los días. A la vez, empieza la persecución por parte del gobernador de Chubut para encontrar los culpables, y que no logra aliviar la situación de los vecinos y vecinas. Autoridades especulan sobre un posible atentado de pueblos originarios o grupos radicalizados. Pero la hipótesis cae con la primera investigación: “Descartaría lo que está dando vueltas, que habría algún grupo radicalizado, que en este caso no tendrían nada que ver con el inicio del fuego”, expresó Carlos Díaz Mayer, el fiscal general chubutense, en diálogo con el periodista Ignacio Ortelli en Radio Rivadavia AM 630.
En el mientras tanto, los brigadistas y bomberos llegan con sus manos y sus rostros manchados de hollín, con los trajes y las botas pasados de tierra y de olor a humo, con el sudor recorriendo debajo de sus cascos amarillos. Cuerpos cansados, ojos rojos, gargantas secas. Horas sin dormir, días sin volver a casa, para cuidar a otra gente. Gente que se queda sin techo, sin recursos, a merced de la solidaridad del pueblo que logra saltar cualquier burocracia para alcanzar un plato de comida.
Vecinos organizados
Es miércoles 14 de enero. Son las siete de la tarde y en la escuela n°9 de Epuyén las camionetas de brigadistas y bomberos entran y salen del predio. Del otro lado de las rejas, Federico grita: “si tienen donaciones, entren”.
—Acá lo que necesitamos son manos. Gente que venga a pelar papas. Mirá, ¿ves esas pilas de ropa? Es lo que más recibimos, y estamos mandando a otros lugares. Un poco para El Bolsón. El vestido de verano ahora no nos sirve. Lo que necesitamos es ropa y botas de trabajo, mantas para el frío también.
El joven de 30 años habla despacio, eligiendo cada palabra con el mismo cuidado que acomoda las viandas en la caja para los brigadistas. A veces parece estar a punto de quebrarse, aunque el cansancio de responder preguntas también lo agobia. Pero sigue caminando por esa aula donde acomodan viandas en cajas y ropa en pilas junto a los niños y niñas que esperan a sus madres, a sus padres, y miran a los que colaboran para poner en marcha esa cocina.
—Si te querés quedar, sos bienvenida —dice antes de despedirse, juntando sus palmas como si rezara, y se pierde entre medio de la gente que separa alimentos sobre los pupitres.
Las vías de comunicación son escasas. La información viaja con lentitud, en un boca a boca interminable. Entre vecinos, fotógrafos, ambientalistas, recopilan los datos de las diferentes zonas en las que se reciben donaciones, de las familias que necesitan reconstruir sus casas y que quedaron con lo puesto. Pero todo se diluye a cada hora que pasa, cuando la necesidad se vuelve cada vez más grande y no hay cuerpo voluntario que de a basto para responder.
Mientras tanto, la ropa se sigue amontonando en ese banco de madera sin saber a dónde ir a parar.
A una hora y cuarto de distancia de Epuyén, los vecinos y vecinas de Esquel también se organizan para ayudar a las familias del Parque Nacional Los Alerces. El fuego está cada vez más cerca de los pobladores que habitan el parque desde mucho antes de su fundación en 1937.
—Cuando se supo que el fuego estaba tan cerca, la mamá de mí pareja, Silvina, puso a disposición el kiosco para recibir donaciones desde la asociación de pobladores. Y de ahí nos movimos un poco para que se escuche este pedido de solidaridad.
Delfina Rosas habla con soltura a las doce de la noche del lunes 12 de enero. Viene de jornadas muy largas, de ir y venir del Parque con provisiones de agua y alimento para los combatientes del fuego y las familias afectadas. También de salir a marchar junto a los vecinos, y de volver a su casa muy tarde hace una semana. Desde Esquel, la logística se arma para ayudar a las familias Neira, Alarcón y Coronado. Familias que viven de la ganadería y que, tras este último incendio, perdieron miles de hectáreas de campo, alimento para los animales que acumulaban hasta el invierno, e infraestructura como alambrados y tranqueras. Además, se hallaron muchos animales muertos y otros tantos lastimados.
El sábado 10, vecinos y vecinas de la localidad convocan a una marcha por los bosques y los brigadistas en la Plaza San Martín de Esquel, y también para seguir juntando donaciones. Tres cuadras de gente circulan por la ciudad desde la avenida principal, pasando por el centro y desembocando nuevamente en la histórica plaza de la ciudad que le dijo que no a la megaminería. En la glorieta esperan Camilia, Cristina y Daniela, que reciben cajas con alimentos secos, bidones con agua, y medicamentos para llevar a los pobladores.
—La comunidad es siempre solidaria —dice Cristina, que trabaja como docente para personas sordas.
—Si no es por los vecinos que se organizaron, que unos hacen viandas, que otros están ahí al pie de las casas organizadas… —comenta Daniela, mientras ve a Camila que acomoda más bidones de agua junto al resto de las donaciones.
Delfina se para en una de las esquinas de la calle 25 de mayo del centro de Esquel. Reparte un mapa impreso en donde señala las familias afectadas por el incendio en el parque.
—Una de las periodistas me dice que utilicé la frase “Esquel es solidario” y yo la dije sin creerla realmente. No porque desconfiara, sino porque nunca me lo había preguntado. Cada vez que llegaba alguien y bajaba una caja de leche o un bidón de agua me reafirmaba esa frase y descubrí que había mucha gente con ganas de ayudar.
Incendio en paralelo: Alerzal milenario en peligro en el Parque Nacional Los Alerces.
Las señales de alarma también se desataron ese lunes 5 de enero en la portada norte del Parque Nacional Los Alerces.

Hace un mes se había detectado un foco de incendio en una zona intangible a la altura del Lago Menendez, a causa de un rayo tras una tormenta eléctrica. Las llamas avanzaron con rapidez en una zona intangible a la altura del Lago Menendez y no había cuerpo técnico ni recursos que lograran contenerlo. En cuestión de horas, el fuego había consumido gran parte del bosque nativo de toda la isla grande del lago.
Brigadistas y bomberos trabajaron conteniendo el incendio, realizando guardias de ceniza, aún en el estado de precariedad laboral en el que se encuentran y con la escasez de equipamiento y de aviones hidrantes. Hernán Mondino, quien forma parte de la Brigada de Incendios, Comunicaciones y Emergencia (ICE) del Parque Nacional Los Alerces, aclara que ninguno de los brigadistas que dependen del estado nacional forman parte de la planta permanente. “Las respuestas que necesitamos es la respuesta a los planteos que ya hicimos: salario digno, estabilidad laboral y jubilación acorde”, dice.
La agonía continuaba el martes 6 de enero: las llamas estaban a 5 kilómetros en línea recta del Alerce Milenario, uno de los árboles más antigüos, con una edad estimada superior a los 2.600 años, y que está dentro del Parque declarado patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 2017. El fitzroya cupressoides es un ejemplar único de alerce patagonico, una especie protegida y extremadamente vulnerable al fuego. A pocos kilómetros está el glaciar Torrecillas, que cumple un rol clave en el sistema hídrico del parque.
Miguel Rosales es la cuarta generación de su familia que habita el parque. Son dueños del complejo Rincón del Sol, donde se realiza la excursión a los túneles de hielo de 4 a 5 horas caminando desde el complejo. Este año, ante la sequía del invierno, es decir que no se acumuló nieve en el cerro La Torta, los túneles no se formaron.
A ello se suma el incendio actual, que arrasó con más de 14 mil hectáreas de bosque nativo en la zona de Lago Verde y Rivadavia, y que generó que bajaran las reservas en campings y alojamientos turísticos. Esperan todo el año para poder trabajar los dos meses del verano y generar el sustento económico para sobrevivir los otros 10. A raíz del último incendio en 2024, se contabilizaron que en total eran más de 20 mil hectáreas de bosque quemado en diferentes épocas (2008, 2015, 2016, 2023 y 2024), y que se estima que tardará más de 100 años en regenerarse.
—¿Cómo hacemos nosotros, los pobladores que vivimos acá, con un sustento económico que lo hacemos a fuerza de pulmón? Con el acompañamiento del estado, que tendría que estar presente acá no solo cuando hay fuego, sino durante todo el año.
El malestar de los vecinos y vecinas del parque llega a su punto cúlmine. Desde la asociación civil de pobladores rurales de la reserva los alerces enviaron una nota a la administración de Parques Nacionales, pidiendo la renuncia de las autoridades: el intendente Danilo Hernandez Otaño, la jefa de cuerpo de guardaparques Maria Laura Fenoglio, el jefe de la Central de incendios, comunicaciones y emergencias (ICE) Mario Cárdenas, “por considerar que su desempeño no ha mostrado resultados mínimamente esperables en sus funciones”, sobretodo por los antecedentes que atraen desde hace años que llevaron a la destrucción de enormes superficies de bosques nativos, infraestructura, viviendas y bienes de pobladores, “como así también, la destrucción de un motor de la economía regional a través de la sana explotación del turismo”. Además aclara que “el accionar de las autoridades del Parque Nacional Los Alerces no muestra conciencia del valor del bien natural que se encuentra bajo su custodia, ni de las implicancias que su destrucción genera”.
—Queríamos dar un mensaje. Porque cada vez que pedimos de manera independiente que se trabaje en prevención, que se tomen ciertas medidas, nunca lo hicieron —afirma Miguel, que forma parte de la asociación.
Mientras tanto, los pobladores esperan con paciencia una respuesta, pero no les quita el sueño. Hace años que no descansan, que no están tranquilos, porque no saben qué les deparará la temporada. Pero ahora lo importante —para todos— es apagar el fuego.
Las cosas que perdimos en el fuego.

—Es un cuento de terror lo que se puede ver hoy.
Después de 3 días combatiendo el fuego y con la llegada de las precipitaciones, Jairo está de nuevo en su casa en El Maitén. Pero la realidad golpea cuando la vegetación que veían semanas atrás hoy ya no existe. “Todo lo que tocó el fuego, lo destruyó”, afirma, tras una breve pausa, como buscando el recuerdo de lo que alguna vez fue. Y que jamás volverá a ser igual.
—Vos te levantás y ya estás, bueno… estabas rodeada de verde —dice Cristina, remarcando el tiempo pasado de la acción.
—Nos da mucha tristeza. Porque nosotros ya no lo vamos a ver, o sea, no vamos a volver a ver esa montaña verde de vuelta. Un bosque nativo tarda en regenerarse casi 50 años —comenta Oscar, que ya tiene casi 70 años.
En el otro extremo, en Puerto Patriada, las juventudes que la habitan responden con hartazgo.
—Me genera impotencia, me agarra bronca. Porque sé que no fue un accidente. Y todos los años son iguales —dice Francisco que, además de salvar el complejo familiar, el resto del año estudia para ser guardaparque porque lo que más le gusta es la naturaleza.
Delfina continúa caminando por las calles de Esquel junto a una muchedumbre que avanza, lento, al ritmo de la batucada que exige “basta de quemar nuestros bosques”.
—Esta pérdida es tremenda. A nivel pobladores, más allá de la pérdida material, la pérdida es histórica y cultural. Hay una parte de la biografía de ese lugar que está totalmente enterrada en cenizas. ¿Y ahora? ¿cómo hacen ahora que perdieron todos sus recuerdos de vida? Si este fuego se atacaba con esta intensidad cuando comenzó, entonces no estaríamos hablando de tales pérdidas naturales, económicas y culturales.
En el complejo Rincón del Sol, de espaldas al Lago Futalaufquen, Miguel Rosales habla rápido, como una ráfaga de viento, porque sabe de primera mano que el verdadero desastre viene cuando todo se apaga:
—El tema más complicado es el después. Vos podés salvar unos animales, tratás de tenerlos cerca de la casa y protegerlos lo más que puedas. Y después, ¿dónde los largas? No hay campo. Cuesta mucho recuperarse de esto.






















