Autor: Elias Merdek

  • El motor de la Industria Nacional

    El motor de la Industria Nacional

    Hace 80 años el general Manuel Nicolás Aristóbulo Savio presentaba el Plan Siderúrgico Nacional, eje fundamental para el desarrollo de la industria pesada en nuestro país, la defensa nacional y la soberanía.

    El 10 de junio de 1944, el entonces coronel Juan Domingo Perón, ministro de Guerra, dio una conferencia en el marco de la inauguración de la Cátedra de Defensa Nacional de la Universidad Nacional de La Plata. Habían pasado apenas cuatro días del desembarco de Normandía, el mundo seguía inmerso en la Segunda Guerra Mundial y la Argentina sostenía todavía su posición de neutralidad.

    Lejos de limitarse a una concepción estrictamente militar, Perón planteó allí que la Defensa Nacional involucraba al conjunto de la sociedad y abarcaba todas las dimensiones del desarrollo del país: las riquezas naturales, la industria y la producción, los medios de transporte, las vías de comunicación. En esa intervención —que puede leerse como uno de los momentos fundacionales del ideario justicialista— sostuvo que la defensa efectiva de la Nación se asentaba en el fomento de una poderosa industria pesada, con un Estado activo capaz de orientarla y desarrollarla. La base de este pensamiento estaba en la articulación entre la sociedad civil, las fuerzas militares y la industria.

    En esa misma línea se encontraba el general Manuel Nicolás Aristóbulo Savio, nacido en Buenos Aires en 1892. Descendiente de inmigrantes genoveses, fue parte de una generación de militares intelectuales que pensó en profundidad los problemas nacionales. Savio encontró probablemente en la década del cuarenta el momento más estimulante de su carrera, cuando su persistente obsesión por el desarrollo de una industria metalúrgica como motor de la industrialización y del autoabastecimiento militar dejó de ser una convicción personal para comenzar a transformarse en una realidad.

    Al igual que Perón, Savio tuvo en un viaje a Europa durante la década del veinte una experiencia decisiva. Desde el corazón del mundo industrial pudo observar, en Francia y Alemania, no solo el despliegue militar, sino el entramado productivo que lo sostenía. Allí comprendió que la fortaleza de las potencias no residía únicamente en sus ejércitos, sino en la capacidad industrial que los respaldaba. Fue un estudioso destacado, el mejor de su clase, y dedicó buena parte de su carrera a la formación de ingenieros en el ámbito militar. El historiador Fermín Chávez lo definió como un “temático obsesivo”, de esos que, gracias a sus tercas fijaciones nacionales, contribuyen a la toma de conciencia sobre cuestiones básicas para el destino del país.

    El Plan Savio

    Fruto de esa tenacidad y de un contexto histórico excepcional surgió el Plan Siderúrgico Nacional. Desde comienzos de la década del cuarenta, Savio desempeñó un rol central en la planificación de la industria pesada argentina. En 1941 fue designado director de la Dirección General de Fabricaciones Militares, creada ese mismo año por el presidente Ramón Castillo ante la necesidad de garantizar el abastecimiento de armamento en un mundo atravesado por la guerra.

    Los conflictos bélicos que sacudían a Europa desde la década del treinta y las crecientes dificultades para importar insumos estratégicos habían puesto en evidencia la vulnerabilidad del país. A ello se sumaban la posibilidad concreta de que la Argentina se viera arrastrada a un conflicto internacional, la necesidad de profundizar la sustitución de importaciones y el descubrimiento de yacimientos mineros, que en 1943 ya había permitido la creación de los Altos Hornos de Zapla, bajo la órbita de la Dirección de Fabricaciones Militares. Todo ese escenario abrió una oportunidad histórica para impulsar el crecimiento de la industria pesada y diversificar la matriz productiva nacional.

    Para Savio, la industria del acero era el pilar de ese proceso. “Sin ella seremos vasallos”, advertía.

    El Plan Siderúrgico Nacional fue presentado como proyecto de ley el 24 de enero de 1946 y aprobado por el Congreso bajo la Ley 12.987, sancionada en junio de 1947. En su elevación al Poder Ejecutivo, Savio dejaba en claro el objetivo que se perseguía: “Entendemos que la industrialización del país es imprescindible e impostergable como factor de equilibrio económico-social y de afianzamiento de nuestro progreso general, en una medida adecuada en relación con nuestra fuente de vital riqueza”.

    El Plan Savio establecía entre sus principales lineamientos la producción de acero y el abastecimiento a las industrias del país a precios que se aproximaran, en lo posible, a los vigentes en los principales centros de producción extranjeros. Asimismo, propiciaba la acción directa del Estado en la etapa de terminado solo para materiales destinados a la Defensa Nacional y los servicios públicos, dejando el resto del mercado libre para el desarrollo de la iniciativa privada. Finalmente, el plan dio nacimiento a la Sociedad Mixta Siderurgia Argentina (SOMISA), una alianza estratégica entre la Dirección General de Fabricaciones Militares y los industriales siderúrgicos, en la que el Estado retenía el control estratégico, pero abría el juego al capital privado.

    SOMISA y el rol del capital privado

    La creación de la Sociedad Mixta Siderurgia Argentina supuso, en la mirada del general Manuel Savio, un paso importante para el desarrollo nacional, puesto que el plan aprobado era el camino para que el país alcanzara su independencia económica. La planta de SOMISA fue instalada en Punta Argerich, sobre el río Paraná, cerca de la ciudad de San Nicolás, y estuvo conformada inicialmente por un 80 % de capital estatal y un 20 % privado. Este esquema, habilitado por la Ley 12.987, permitía la participación del capital privado hasta un 49 % de la sociedad mixta, quedando el 51 % siempre en manos del Estado.

    La Dirección General de Fabricaciones Militares ejercía de este modo la supervisión del programa siderúrgico, que incluía también la participación de empresas privadas y mixtas. El Estado planificaba la acción a largo plazo, pero se consideraba imprescindible la participación del capital privado para liberar ese proceso de toda influencia burocrática.

    El despegue de la industria nacional

    Gracias a la gestión de Savio al frente de la Dirección General de Fabricaciones Militares, en menos de siete años el organismo llegó a contar con doce plantas industriales equipadas con tecnología de avanzada para la época. Se establecieron fábricas de armas y municiones de artillería en Río Tercero y una planta de producción de tolueno sintético en Campana, lo que marcó el inicio de la industria petroquímica en la Argentina.

    Si bien en sus comienzos Fabricaciones Militares estuvo orientada principalmente a abastecer al Ejército, para 1953 el 80 % de su producción correspondía a bienes de consumo general. Ese proceso permitió que el país comenzara a producir rieles, chapas navales, perfiles para la construcción y carrocerías, sentando las bases del desarrollo de la industria automotriz y de la fabricación de aviones como el Pulqui I y el Pulqui II.

    Toda esta obra nacional se llevó a cabo a pesar de la falta de afinidad personal que existió en ciertos momentos entre Perón y Savio; de hecho, este último llegó a alinearse en la vereda opuesta durante los sucesos de octubre de 1945. Sin embargo, ello no impidió que, una vez en la presidencia, Perón apoyara fervientemente el Plan Siderúrgico, incluso contra la opinión de algunos de sus propios ministros. Ambos entendían que el interés del país estaba por encima de cualquier inquina personal.

    SOMISA llegó a convertirse en la planta siderúrgica integrada más grande de la región, aunque Savio no alcanzó a verla en funcionamiento. Murió en 1948, doce años antes de su inauguración oficial, realizada el 25 de julio de 1960 durante la presidencia de Arturo Frondizi. Durante décadas, la empresa fue la columna vertebral de la industria nacional, hasta su privatización total en los años noventa, cuando pasó a manos del grupo Techint. Con ello se perdió un eslabón fundamental en la concepción de un país capaz de sostener su desarrollo sobre la base de su propia producción.