Autor: Brisa Ponce

  • Trabajo en contexto de encierro: un factor clave para bajar la reincidencia

    Trabajo en contexto de encierro: un factor clave para bajar la reincidencia

    Organismos estatales y civiles coinciden en que el trabajo es un factor central a la hora de disminuir los índices de reincidencia. Sin embargo, los principales problemas tienen que ver con el rechazo que sufren las personas privadas de su libertad por parte del mercado laboral, debido a que ya no son consideradas como trabajadores confiables o merecedores de un salario.

    Desde la cooperativa de carpintería y herrería Oktupak, una de las primeras de la provincia de Buenos Aires en funcionar dentro de una cárcel, precisaron haber tenido dificultades a la hora de trabajar, como las bajas remuneraciones que pretenden pagar los clientes por los trabajos solicitados al ser provenientes de personas ex detenidas. O la escasa oferta educativa en las cárceles con actividades que muchas veces no tienen salida laboral.

    “Lo que nos pagan es menos que lo que nos cuesta. Nosotros ya practicamos, ya sabemos, ahora queremos cobrar, ganar plata para vivir de esto”, declaró al respecto el director de Oktupak, Juan Manuel Aiello.

    Trabajo para presos y liberados

    Las diferentes organizaciones dedicadas a la capacitación laboral de presos y liberados afirman que a partir de esta exclusión del mercado laboral, son ellos mismos quienes se encargan de constituir sus propias fuentes de trabajo.

    Desde Atrapamuros, una organización que lleva 14 años haciendo talleres de educación popular en cárceles, trabajan alrededor de las propuestas educativas en cárceles, “la cual muchas veces no tiene en cuenta las propias experiencias y los saberes de las personas detenidas”, indicó Malena García integrante de la organización.

    García explicó que también trabajan “promoviendo que las mismas personas ex detenidas puedan tener un ingreso económico al brindar talleres de formación a aquellos que todavía están detenidos, generando un circuito donde, en vez de volver como reincidentes, los liberados puedan regresar como docentes para poder promover esa oferta educativa”.

    Frente a la problemática de una oferta educativa ineficiente dentro de las unidades penales, donde muchas veces las capacitaciones y cursos que se dictan no tienen salida laboral, también hay estrategias pensadas desde diferentes organizaciones sociales integradas por personas que salieron en liberalidad, como por ejemplo la Rama de Liberados del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), que trabaja en conjunto con Atrapamuros.

    Taller de atrapamuros en el espacio universitario “Cecilia Grierson” de la Unidad 51 del complejo de Magdalena.

    Desde la organización fueron constituyendo polos productivos que apuntan a emplear a personas que hayan estado presas. Uno de ellos está ubicado en Villa Elisa, Ciudad de La Plata. Es uno de los pocos lugares de la ciudad que habla de dar trabajo a personas con antecedentes, teniendo como prioridad de ingreso “aquella persona que tiene antecedentes o que está vinculada familiarmente con alguien en esa situación”, declararon desde Atrapamuros.

    De todas las personas que pasaron por cárcel “muy pocas pueden conseguir trabajos registrados o condiciones laborales dignas, entonces se hace cargo el sector de la economía popular, que está integrado por gente que se fue inventando un trabajo a partir de la exclusión previa”, dice García.

    ¿Qué hace el Estado al respecto?

    Muchas veces lo que no ocupa la política estatal, es habitado por otras entidades por fuera del ámbito público, que buscan brindar experiencias laborales a personas que aún se encuentran privadas de su libertad, generándoles un ingreso y un espacio de trabajo que los ayuda a distenderse de las condiciones del encierro.

    Ese fue el caso de la cooperativa Oktupak que funciona en la Unidad Penal de Batán (Mar del Plata) desde el 2009 se volvió un espacio de contención mediante el deporte, cuando una ONG llamada Cambio de Paso decidió introducir el rugby. “Esto hizo mecha y los internos dejaron de ser ambulatorios para poder constituir un pabellón exclusivo para aquellos que habían adherido al programa de la ONG que no era solo una cuestión deportiva, sino que traía obligaciones de estudio”, explicó el director de la Cooperativa, Juan Manuel Aiello.

    “A raíz de eso se constituyeron dos pabellones que le dan origen el nombre de la cooperativa: un pabellón de adultos mayores de 25 años, que se denominó OKtubre por el disco de los Redondos, y otro compuesto por adultos menores de 18 a 25 años, que lo denominaron Paka Paka por el canal infantil”, contó el director de la cooperativa.

    Taller de oficios en la Unidad 9 Atrapamuros

    Lo que comenzó siendo un espacio deportivo, luego se transformó en una oportunidad laboral para las personas que vivían en la cárcel. “Desde Cambio de Paso comenzaron a buscar una manera más concreta y más robusta de que las personas privadas de su libertad recuperen su propia vida, no vuelvan a delinquir y sean un mejor ejemplo para ellos y para su familia”. Así decidieron abrir una cooperativa dentro de la cárcel que adoptó el nombre de Oktupak; la combinación de los nombres de los dos pabellones de Batán.

    A pesar de que las legislaciones e iniciativas estatales actuales no logran contener en su totalidad la reincidencia y la falta de oferta laboral para personas con antecedentes penales, es importante destacar que en los últimos años se han tomado medidas que han logrado revertir en cierta medida esta realidad.

    En la provincia de Buenos Aires, la gestión estatal a través de la implementación del Plan Qunita, que fomenta el trabajo en las cárceles, logró disminuir el índice de reincidencia penitenciaria hasta en un 20% en comparación con la cifra del 2018.

    Cabe recordar que el Qunita es una iniciativa que ya había sido implementado durante el gobierno nacional de Cristina Fernández de Kirchner, por medio del cual personas privadas de su libertad elaboran los diferentes materiales de un kit que posteriormente el ministerio de Salud bonaerense reparte a mamás beneficiarias de la asignación universal por embarazo.

    Sobre esto, el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, destacó en múltiples ocasiones la creación de “fábricas” en las cárceles bonaerenses en el marco del Plan Qunita, las cuales fomentan la capacitación laboral de los internos.

    A raíz de esta iniciativa, la gestión provincial también comenzó a implementar otros proyectos en las unidades penales. Tal es el caso de ECOS, una iniciativa por medio de la cual se construyen instrumentos musicales a partir de maderas sobrantes del Qunita y otros programas provinciales, que finalmente son donados a colegios públicos e instituciones educativas.

    El director provincial de Coordinación, Producción y Trabajo del ministerio de Justicia y Derechos Humanos, Marcelo Iafolla, resaltó: “Uno de los graves problemas que teníamos es la reincidencia y si bien esa reincidencia se trata de atacar desde varios lugares, creemos que uno de los pilares fundamentales para que las personas no vuelvan al delito es la formación laboral, la educación y el trabajo”.

  • La lucha de las cocineras comunitarias por sus derechos laborales

    La lucha de las cocineras comunitarias por sus derechos laborales

    La lucha de las cocineras comunitarias por sus derechos laborales

    En una sociedad marcada por las constantes crisis económicas, con una brecha salarial creciente y un 39,2% de la población debajo de la línea de pobreza, el trabajo de las cocineras y el personal de los comedores y merenderos de los barrios populares se torna crucial para garantizar la alimentación de millones de personas.

    Un estudio realizado por la Universidad Nacional de Córdoba reveló que el 85 por ciento de las personas que realizan trabajo comunitario son mujeres, y si bien la mayoría cuentan con una cooperativa o reciben un salario por medio del Plan Potenciar Trabajo, sus ingresos son insuficientes y la cantidad de horas que dedican a preparar los alimentos, que luego reparten gratuitamente, no les permite poder desarrollarse en otros ámbitos laborales.

    Desde la organización social “La Poderosa”, buscan ingresar en el Congreso un proyecto de Ley para que estas mujeres que han sido la salvación de miles de familias en situación de pobreza e indigencia, muchas veces sin recibir nada a cambio, sean reconocidas como trabajadoras por el Estado.

    No es solidaridad, es trabajo mal pago

    Durante y después de la pandemia, el trabajo de las cocineras comunitarias creció al mismo tiempo que la cantidad de gente que necesitó asistencia alimentaria. Mientras miles de personas trasladaban su trabajo de oficina a sus hogares, muchas familias que vivían de changas y empleos temporales quedaron prácticamente en la calle, sin ingresos para comer o pagar un alquiler.

    Según el exministro de Desarrollo social de la Nación, Daniel Arrollo, previo a la pandemia “el número de personas que recibía asistencia alimentaria era de 8 millones, que pasó a 11 millones durante el peor momento de la pandemia y ahora bajó a 10 millones”. En concreto, las mujeres que trabajan hoy para garantizar un plato de comida para aquellos que más lo necesitan están cocinando dos millones de viandas más que en el año 2019.

    “Durante toda la pandemia nosotros trabajamos con normalidad, el movimiento nos otorgó el permiso para poder seguir trabajando todos los días y desde ese momento hasta hoy el grupo de gente que viene a retirar su comida sigue aumentando”, dijo Evelyn Curcio, la directora de la cocina de “Sueños de Libertad”.

    Evelyn es quien se encarga de coordinar un grupo de diez trabajadoras, de las cuales nueve son mujeres. El comedor pertenece al Movimiento Justicia y Libertad y está ubicado en Berisso a 3 cuadras de la Avenida Montevideo, una de las calles principales de la Ciudad.

    Este comedor que comenzó a funcionar poco tiempo antes de la pandemia por Covid-19 reparte entre 100 y 150 viandas diarias, aunque la cantidad de comida que preparan es enorme debido a que la mayoría de las familias que se llevan su porción “tienen alrededor de 8 hijos”. “Hay chicos que la única comida que tienen en el día es la que nosotros le repartimos”, contó Evelyn.

    Luego de llevar a su hijo a la escuela, Evelyn viaja hasta el barrio Asentamiento, abre las puertas del comedor al igual que todas las tardes y comienza a diagramar cual será el menú de la semana. Su jornada y la de las demás compañeras es de 6 horas, y a veces se extiende hasta las 19:00hs, “por lo que me ocupa toda la tarde”, cuenta. Ese es su principal trabajo y por lo tanto “no podía agarrar otro de media jornada”, explicó Evelyn.

    En Sueños de Libertad la semana se divide entre los días que se reparte la merienda y los que se sirve la cena. “Preparamos la merienda los lunes y miércoles; pero martes, jueves y viernes hacemos la cena que la repartimos de 6 a 7 de la tarde”, explicó Evelyn. Los alimentos que utilizan a diario para cocinar los provee el movimiento social al que pertenecen, pero los condimentos como la sal y el aceite salen del bolsillo de las cocineras y demás trabajadores del lugar.

    El sueldo de las mujeres que trabajan en el comedor y copa de leche “Sueños de Libertad” no supera los 35 mil pesos mensuales que perciben a través del Potenciar Trabajo, 53 mil pesos menos que el Salario Mínimo Vital y Móvil que fijó el Gobierno para el mes de junio. La misma realidad comparten la mayoría de las cocineras comunitarias del país.

    Los comedores y un Proyecto de Ley como iniciativa popular

    Claudia Albornoz, referente villera de la organización social “La Poderosa”, conoce de primera mano el trabajo de las cocineras comunitarias y el de muchas mujeres que habitan las villas y los barrios populares, realizando tareas comunitarias para ayudar a las miles de familias que habitan lugares invisibles para el Estado.

    Para la “negra” Albornoz, “el trabajo comunitario en los barrios populares es el que sostiene la vida cotidiana de los vecinos y vecinas”, y puntualmente los comedores “desde la solidaridad procuran que la gente tenga al menos un plato de comida al día”.

    “En Argentina La Poderosa realiza 44.000 platos de comida diarios en 168 comedores que cuentan con 1.700 trabajadoras en total, mayoritariamente mujeres y disidencias sexuales”, remarcó Albornoz.

    Algunos de los establecimientos que operan en casi todo el país llegan a repartir hasta más de mil viandas diarias, como es el caso de Tucumán, en el cual se cocina todo a leña a causa del alto valor del gas envasado. Según estimaciones de La Poderosa, hay alrededor de 5 mil establecimientos inscriptos que brindan ayuda alimentaria en todo el país. Sin embargo, los datos oficiales sobre la cantidad de comedores y merenderos inscriptos son difíciles de conseguir.

    Para eso se creó el Registro Nacional de Comedores y Merenderos Comunitarios de Organizaciones de la Sociedad Civil (RENACOM), un instrumento que le permite al Estado recopilar datos y estadísticas sobre los diferentes lugares que conforman la red social de asistencia alimentaria en el país. Sin embargo, las organizaciones sociales estiman que aún hay muchos establecimientos que quedaron por fuera del registro.

    Al mismo tiempo, en algunos de los lugares donde se realizan las tareas de cocina las condiciones de infraestructura no están del todo garantizadas, limitando el normal desarrollo de las actividades. En el caso del comedor berissense, la gente no puede comer en el establecimiento, debido a que no poseen la vajilla necesaria como platos cubiertos y tazas. Las familias deben llevarse las viandas y calentarlas en sus casas.

    Muchos de los comedores comunitarios y merenderos han ido sumando diferentes servicios para la comunidad, convirtiéndolos en puntos de encuentro para muchos trabajadores del barrio, como trabajos de limpieza urbana, en cooperativas, apoyos escolares, o en el caso del comedor de Berisso el Plan FinEs, un programa para terminar los estudios obligatorios, tanto primarios como secundarios.

    En muchos barrios los comedores resultan ser espacios que exceden la función de darle de comer a la gente, y se transforman en puntos de encuentro para el trabajo y el desarrollo de las comunidades, sumando actividades educativas, talleres recreativos y acompañamiento para mujeres que atraviesan situaciones de violencia de género como es el caso de las “Casas de las Mujeres y las disidencias” que coordina La Poderosa.

    La realidad supera el instrumento político del RENACOM que solo permite registrar hasta 6 trabajadores por comedor, cuando hay lugares que requieren mayor mano de obra. Por eso, el Proyecto de Ley que se intentará presentar en el Congreso Nacional, incluye varias de las problemáticas mencionadas: “que se abra nuevamente el registro durante seis meses, para que todo el mundo pueda registrarse y ahí entonces tener la cantidad exacta, o más o menos aproximada, de los comedores que existen en Argentina”, menciona Albornoz. Como también los reconocimientos básicos laborales: vacaciones pagas, un salario digno, aportes jubilatorios y un seguro que cubra accidentes laborales.

    “El proyecto habla del reconocimiento salarial y laboral de aquellas vecinas que trabajan en comedores comunitarios hace décadas, porque hubo muchísimas crisis en Argentina que repercuten fundamentalmente en los lugares de pobreza”, explicó la referente de La poderosa, y adelantó que el proyecto será impulsado por “iniciativa popular”, a través de la colecta de 500 mil firmas.

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