16 de septiembre de 2026

¿DE QUIÉN SON LOS BARCOS QUE TRANSPORTAN LO QUE PRODUCIMOS?

Argentina produce, exporta e importa millones de toneladas, pero la mayoría de los barcos que las transportan son extranjeros. Recuperar la industria naval es también recuperar soberanía, trabajo y capacidad productiva.


Cada 12 de septiembre se conmemora en Argentina el Día de la Industria Naval. Pero hay una pregunta que quizás diga mucho más sobre el estado de esa industria que cualquier celebración: ¿de quién son los barcos que transportan lo que producimos? Hoy, apenas 199 buques de la flota mercante argentina siguen operativos. Desde 1991, la cantidad de buques de bandera nacional cayó un 84%. Mientras tanto, en 2024 ingresaron a nuestros puertos 2.310 buques extranjeros distintos. En otras palabras: producimos, exportamos, importamos y movemos millones de toneladas, pero buena parte de los barcos que hacen posible ese movimiento no son nuestros.

El dato se vuelve todavía más evidente cuando miramos al Paraná. Por la Vía Navegable Troncal circula cerca del 80% del volumen de las exportaciones e importaciones argentinas: unos 100 millones de toneladas y alrededor de 4.500 buques por año. Cerca de la mitad de esos ingresos corresponde a graneleros y ninguno de esos buques es de bandera argentina. El río que funciona como una de las principales arterias de nuestra economía está atravesado, entonces, por barcos que pertenecen a otros países, a otras empresas y, muchas veces, a otras lógicas de negocios.

Las banderas también cuentan una parte de esta historia, aunque no toda. En 2024, entre los buques extranjeros inspeccionados por la Prefectura en puertos argentinos predominaron las banderas de Islas Marshall, Liberia, Malta, Bahamas y Hong Kong. Pero bandera y propietario no son necesariamente lo mismo: un barco puede navegar bajo una bandera determinada y pertenecer a una empresa radicada en otro país. Algo similar ocurre con las barcazas paraguayas que circulan por la Vía Navegable Troncal: alrededor del 90% pertenece a empresas de Estados Unidos y Francia.

La escena parece extraña solamente si olvidamos algo básico: los barcos también son parte de la infraestructura de un país. Así como una ruta permite sacar una cosecha, una locomotora mover cargas o una central generar energía, un buque permite transportar producción, pescar, abastecer plataformas, investigar el océano y sostener presencia sobre el territorio marítimo. No son simplemente grandes máquinas que flotan. Detrás de cada barco hay acero, motores, electrónica, diseño, ingeniería, trabajadores especializados, proveedores, talleres y conocimiento acumulado.

Por eso la industria naval es, en cierto modo, una industria de síntesis. Para construir un buque hacen falta la siderurgia y la metalmecánica, la electrónica y la ingeniería, la ciencia y la tecnología. También hacen falta mecanizadores, mecánicos, caldereros y una larga cadena de oficios que no aparecen cuando miramos solamente el barco terminado. Hoy existen al menos ocho componentes importados con potencial de sustitución local. Construir barcos no solamente demanda proveedores: también puede crearlos.

Y Argentina ya tuvo una experiencia concreta de lo que significa tener una marina mercante propia. En 1960 nació ELMA, la Empresa Líneas Marítimas Argentinas, a partir de la fusión de la Flota Mercante del Estado y la Flota Argentina de Navegación de Ultramar. La idea era centralizar y fortalecer la actividad marítima nacional. Llegó a contar con 60 buques y a conectar al país con Europa, Estados Unidos, Asia, África y Medio Oriente. Durante décadas, una parte de nuestro comercio exterior viajó en barcos argentinos.

Después vino el desarme. Entre 1992 y 1997, ELMA fue desarticulada y liquidada, y su liquidación jurídica terminó formalmente en el año 2000. Lo que se desarmó no fue solamente una empresa: también se fue perdiendo una red de capacidades, conocimientos, trabajadores, proveedores y una herramienta para participar de manera propia en el transporte de nuestro comercio exterior.

La pregunta, entonces, no es solamente por qué desaparecieron aquellos barcos. También es qué podríamos construir hoy. Según estimaciones vinculadas a la recuperación de la industria naval y la construcción de una marina mercante, podrían generarse alrededor de 200.000 puestos de trabajo. Y no hablamos solamente de los empleos directos de un astillero. Cada barco construido arrastra una cadena productiva entera: acero, motores, cables, pintura, electrónica, software, servicios, transporte, talleres y formación de nuevos trabajadores.

¿Tenemos dónde construirlos? Argentina cuenta con una red de astilleros y una capacidad instalada que hoy está lejos de utilizarse a pleno. La utilización ronda el 60%, lo que significa que existe una base industrial sobre la cual se podría crecer sin tener que empezar de cero. El problema no es la ausencia absoluta de capacidades, sino la falta de una política sostenida que las ponga a trabajar a una escala acorde con las necesidades del país.

Porque Argentina es, aunque muchas veces lo olvidemos, un país marítimo. Durante buena parte de nuestra historia pensamos la Argentina desde la tierra: la Pampa Húmeda, los ferrocarriles que llevaban la producción hacia los puertos, Buenos Aires como gran nodo y una economía organizada alrededor de sacar materias primas y mercancías hacia el exterior. El mar aparecía como límite o como salida. Pero más allá de nuestras costas existe un espacio enorme sobre el cual Argentina ejerce soberanía y derechos soberanos. El territorio argentino no termina en la línea de costa: continúa mar adentro y llega hasta la Antártida.

Reconocer ese territorio en un mapa es apenas el primer paso. Para ejercer soberanía hacen falta capacidades materiales, y esas capacidades tienen nombres concretos. Hace falta una marina mercante para transportar nuestra producción y una flota pesquera capaz de explotar y controlar nuestros recursos marítimos. Hace falta industria para acompañar el desarrollo de la energía offshore y toda su logística, capacidad científica para investigar nuestros mares y sostener la investigación oceanográfica y antártica, y medios de defensa para cuidar y vigilar el Atlántico Sur.

Por eso discutir la industria naval es discutir bastante más que astilleros y barcos. Es discutir qué lugar ocupa Argentina en el comercio que genera, quién transporta sus riquezas, quién construye las herramientas para aprovecharlas y qué capacidades conserva —o pierde— para mirar hacia su propio mar. Un país marítimo necesita barcos, y los barcos, antes de navegar, se construyen.