24 de junio de 2026

La justicia social: De las encíclicas papales a la bandera peronista

El 24 de febrero de 1947 el presidente Juan Domingo Perón, en un acto histórico, presentaba la Declaración de los Derechos del Trabajador, un decálogo que dignifica al trabajador con un principio rector: la justicia social, pero ¿De dónde surgió este concepto?.

23 de junio de 2026
Escribe Elias Merdek
justicia social de las enciclicas papales a las banderas del peronismo

Cuenta Raúl Mende en su libro El justicialismo que una tarde de octubre de 1948, en el mismo lugar que Belgrano enarboló por primera vez la insignia nacional, veinte mil obreros de Rosario juraron su adhesión a la bandera. Algunos de ellos lloraban y se emocionaban mientras cada sindicato recibía su bandera. Uno de ellos, un viejo dirigente gremial, se disculpó diciendo: “¿Cómo no voy a llorar si antes no la quería?”. En sus palabras, simples y duras como sus manos, había expresado toda la tragedia pasada y la alegría del reencuentro. El reencuentro del pueblo con la patria. Tampoco para esto fue necesaria mucha prédica de conferencias y discursos. Bastó que una vez cumplida la tarea de hacer justicia, Perón dijese: “Esto es lo que la patria quería que se hiciese”.

El camino hacia la construcción de un país con pretensiones de tener autodeterminación sobre su futuro se sustenta en un pueblo donde la realización de cada individuo es posible. Hay un destino común. Esa consustanciación del pueblo con el destino de la nación se expresa a través de una construcción identitaria de cada uno de sus miembros con los valores que ella encarna.. La anécdota de Mende da cuenta de la importancia que tiene la elevación espiritual de los hombres y mujeres para poder anidar en el corazón del pueblo argentino los más altos valores de amor por los símbolos patrios, unión en la familia, solidaridad entre pares y la fe. Pero señala algo que marcó la diferencia entre la tragedia y el reencuentro: hacer justicia, o más concretamente, la Justicia Social. 

La tradición católica, que en nuestro país tiene un arraigo nacional como herencia de la cultura hispana, fue la conductora natural para el desarrollo del concepto de la justicia social concebida en las encíclicas papales Rerum Novarum de 1891 y Quadragesimo anno de 1931. Estas encíclicas se basan en el entendimiento de los derechos del Ser de los obreros como una apreciación de derecho natural individual. Sin dudas, marcaron un quiebre ante el avance desenfrenado del capitalismo tras la revolución industrial que avanzaba al pulso de la deshumanización del obrero. Argentina fue el primer país latinoamericano en el que las enseñanzas de las encíclicas se transformaron en políticas de Estado. 

Las raíces de la Justicia Social 

La visita que Perón hace a Roma en el marco del viaje que realiza entre 1939 y 1941, le permite profundizar su conocimiento sobre el pensamiento social de la Iglesia que se inauguró en 1891. En la Rerum Novarum, León XIII introduce la idea de la justicia distributiva cuya garante era la autoridad estatal. Reconoce el derecho natural del obrero a la propiedad privada, a la familia, a la dignidad personal y a la libre asociación. Por lo tanto, más allá de la libertad de las partes para los acuerdos laborales, determina que es deber del Estado garantizar la justicia salarial basada en la creación de riqueza para los trabajadores, el derecho a la formación de la propiedad y a la protección de sus bienes espirituales. Pío XI en su encíclica Quadragesimo Anno, ratifica los conceptos introducidos 40 años antes y define la justicia social como la norma que debe regir las instituciones y el ordenamiento económico. Esta brega por una distribución más justa de los bienes entre las clases, donde el derecho del hombre a la apropiación de las cosas no quebranta el derecho natural a que la pobreza y la miseria sea enfrentada precisamente con esas cosas que están a disposición del hombre. 

Ya desde su rol como conductor de los destinos de la patria, e iniciada ya la era de la política social en la Argentina a través de su trabajo en la Secretaría de Trabajo, Perón incorpora estos principios como eje fundamental de su ideario.

En el libro Doctrina Peronista explicó: “Estamos formando una conciencia social en base de los tres postulados básicos de nuestra justicia social. En lo ético, y en primer término, la elevación de la cultura social entre las masas argentinas. En segundo lugar, la dignificación del trabajo; y en tercer lugar, la humanización del capital”. En la misma línea, sostiene que la revolución justicialista es profundamente humanista, ya que pondera al hombre por sobre toda consideración siempre que no perjudique al Estado, y es estatal siempre que no tiranice al hombre.

Y agregó en el mismo texto: “Hemos afirmado muchas veces que nuestra doctrina es la doctrina social cristiana, que es la única que ha sabido aunar en una armonía extraordinaria lo material con lo moral. Ha sabido poner de acuerdo al cuerpo con el alma, y en las sociedades ha sabido armonizar los dominantes con los dominados”.

Este sistema de pensamiento se  materializó en la Declaración de los Derechos del Trabajador y su posterior incorporación a la Constitución del 49. 

El reencuentro del pueblo con la patria

El 24 de febrero de 1947, al cumplirse un año del triunfo en los comicios nacionales, el presidente Perón en un acto realizado en el Teatro Colón le hace entrega a los trabajadores del manuscrito que contiene el decálogo con los derechos fundamentales que más adelante se consagraron en el artículo 37 de la Constitución Justicialista. Desde el estrado de ese edificio emblemático para la cultura de las élites, pronuncia: 

“El Presidente de la Nación Argentina, como intérprete del anhelo del pueblo por la justicia social y teniendo en cuenta el hecho de que los derechos fundamentales en el trabajo, como los derechos de libertad individual, representan atributos naturales, inajenables e incaducables de la persona humana (..) cree conveniente y oportuno formular aquellos derechos mediante una declaración expresa (…) con el fin de aumentar la cultura social, otorgar dignidad al trabajo y humanidad al capital”.

La apelación a la dignidad del trabajo, la humanización del capital y la cultura como derechos naturales inherentes a cada persona es una clara muestra de la influencia de las encíclicas. Esta expresión da cuenta de cómo el peronismo encarna un movimiento que dota al pueblo trabajador, hasta ese entonces excluido socialmente, de la autoestima y fe necesaria para constituir una identidad que los incluya en el ideario de nación. Estos valores, junto con la unión y la solidaridad, son los que disminuye o destruye el materialismo individualista del liberalismo

La Doctrina Social de la Iglesia incorpora a la  justicia social como un concepto que permite romper con el individualismo exacerbado del avance del capitalismo post revolución industrial y, a la vez, plantear una alternativa al avance del colectivismo comunista. Los principios del bien común, el trabajo, el salario justo y la previsión social, la protección de la familia, de los niños y de los ancianos, la relevancia de la propiedad privada y su función social, propios de esa doctrina son la vía alternativa que propone el justicialismo en un sistema armónico que redunda en la comunidad organizada.

La vigencia de Justicia Social 

La aceleración de los desarrollos tecnológicos y la revolución de los métodos de producción donde el humano es desplazado en varios aspectos por el avance de la robótica nos empuja a una situación similar a la etapa posterior a la revolución industrial. En este contexto es donde adquiere fuerza nuevamente el sistema de pensamiento liberal o libertario que toma forma en personajes estridentes cuyo discurso y acción apuntan a la destrucción de las instituciones políticas, sociales, culturales y religiosas, a la vez que abonan al individualismo y ponderan al mercado como fin de toda actividad.  Ahí es donde empiezan a asomar los principales enemigos de todo el sistema de valores humanos y espirituales: los Peter Thiel, Elon Musk o Sam Altman.

No es casualidad que en un mundo que avanza hacia el descarte de lo humano en virtud de la técnica, donde los desarrolladores de las nuevas tecnologías y la IA acumulan más poder que varias naciones juntas, la Iglesia nos advierta sobre los peligros que esto encarna.  En su última encíclica, León XIV afirma que este rol inédito que adquiere el poder tecnológico, predominantemente privado, hace difícil gobernar y orientar hacia el bien común. Pero aun así nos recuerda que “la verdadera realización no nace de la eliminación de las fragilidades, sino de un crecimiento armonioso: allí donde la libertad y la responsabilidad se entrelazan con el cuidado recíproco y la verdadera solidaridad, y donde el progreso se mide por la dignidad de cada uno y por el bien de los pueblos”.

Hoy, como hace 80 años, el camino de la justicia social y la unidad espiritual de los argentinos es indispensable para el país, cuya grandeza no se realizará hasta que cada uno se sienta indispensable para el porvenir de la patria.