21 de julio de 2026

Las formas materiales de la patria

Las calles se visten de celeste y blanco, las remeras a rayas con el sol de mayo son furor y el escudo nacional embestido de flores circula por todos los locales de los centros comerciales de cada ciudad. Pero ¿Dónde se discute patria? ¿Cómo se siente?.

24 de mayo de 2026
Escribe Redacción Desde La Raíz

Este 25 de mayo viene acompañado de un virtual sentido de patriotismo (no confundir con nacionalismo). Las calles se visten de celeste y blanco, las remeras a rayas con el sol de mayo son furor y el escudo nacional embestido de flores circula por todos los locales de los centros comerciales de cada ciudad. Pero ¿Donde se discute patria? ¿Cómo se siente?.

Las fechas patrias son rituales de celebración. Compartidos en familia y con amigos: Un locro colectivo, un asado para los que no gustan del guiso, pastelitos y escarapelas. En las escuelas suenan las estrofas del himno, desfilan banderas y escoltas. Las paredes de las aulas lucen los proyectos conmemorativos en láminas y cartulinas y el cabildo está presente en cada una de ellas. 

Son una imagen, una foto en la mente de quien la evoque. Son las doñas repartiendo pastelitos en la plaza, o el mito evocativo de la repartición de la escarapela que en realidad fueron fierros ¿fierros? Pero ante todo y sobre todo, las efemérides están teñidas de un patriotismo declamativo: portar el celeste y blanco a como de lugar, bancar a la selección, decir que somos el mejor país del mundo y comprarse todo el merch argentino. 

Podríamos sugerir que estas conmemoraciones tienen un objetivo vivencial y emotivo, para generar una memoria común que permite a una sociedad pensarse a sí misma. Incluso en una sociedad cada vez más fragmentada.

Hace un tiempo no muy lejano

Al recordar la Revolución de Mayo, no puede obviarse la raigambre común de pueblo, la defensa militar y expulsión de las tropas inglesas de Buenos Aires en 1806 y 1807, que significó el comienzo de la autonomía criolla: El poder ya no sería solamente vertical ni extranjero; comenzaba a insinuarse una nueva legitimidad, basada —al menos en lo declarativo— en la voluntad de los representados. Fue el inicio del largo, y todavía inconcluso, camino hacia la soberanía nacional.

La Argentina actual, caracterizada por la persistencia de crisis económicas y el deterioro de capacidades estatales desnudan su fragilidad en un mundo de total incertidumbre. De esta manera se configura un escenario que remite a los dilemas abiertos desde los propios orígenes del país. Más de dos siglos después de la Revolución de Mayo, continúan reapareciendo discusiones vinculadas a la autonomía política y la representación.

Por ello cada efeméride patria encierra una disputa: si la patria será apenas una formalidad simbólica de recordar un momento histórico y estático, o una comunidad capaz de decidir sobre su destino común. Cuando el patriotismo suele reducirse a declaraciones abstractas o disputas superficiales, la pregunta por las condiciones materiales que sostienen la vida colectiva vuelven a adquirir densidad histórica. 

Las penas son nuestras, las vaquitas son ajenas

En las últimas décadas, estas preguntas quedaron crecientemente subordinadas a cada nuevo ciclo extractivo, que vuelve una y otra vez a presentarse como la promesa inmediata de salvación económica. 

En oficinas provinciales alejadas de los grandes centros financieros, funcionarios negocian regalías, exenciones impositivas y obras de infraestructura frente a corporaciones cuyo volumen económico supera ampliamente el producto bruto de las jurisdicciones que las reciben. La escena se repite con variaciones a lo largo del país: litio en el norte, hidrocarburos en la Patagonia, megaminería en la cordillera, puertos sobre el Paraná. Una lógica de provincialismo defensivo donde cada jurisdicción intenta asegurar recursos, inversiones y divisas dentro de un escenario económico crecientemente condicionado por deuda, restricciones fiscales y urgencias de corto plazo 

¿Cuántas cosechas récord? ¿Cuántos Vaca Muerta? ¿Cuántos “triángulos del litio” hacen falta para revertir problemas estructurales que persisten desde hace décadas? 

Más del 70% de las exportaciones argentinas continúan vinculadas a complejos primarios y manufacturas de origen agropecuario y minero, consolidando una inserción internacional basada principalmente en la provisión de materias primas y recursos estratégicos con bajo nivel de industrialización local. 

En los salares del norte argentino, la transición energética global adquiere una dimensión profundamente material. Empresas australianas, chinas, estadounidenses y canadienses dominan buena parte de los proyectos vinculados al litio mientras las provincias intentan capturar recursos fiscales mediante esquemas de regalías históricamente bajos, cercanos al 3% de “boca mina”. 

Son proyectos que suelen presentarse como una oportunidad inevitable de modernización y crecimiento, aunque alrededor de esa actividad convergen tensiones vinculadas al uso intensivo del agua en regiones áridas, las asimetrías entre estados provinciales y grandes holdings internacionales, y la dificultad persistente para transformar la extracción de recursos estratégicos en capacidades de planificación, desarrollo tecnológico e integración productiva. 

Algo similar ocurre en Vaca Muerta. La formación geológica neuquina representa una de las mayores reservas mundiales de shale gas y shale oil, y sin embargo la Argentina continúa enfrentando restricciones externas y problemas energéticos estructurales. Entre 2021 y 2024, la producción nacional de petróleo creció cerca de un 50% y la de gas alrededor de un 27%. Sólo en los primeros nueve meses de 2024, las exportaciones de crudo superaron los 4.000 millones de dólares y explicaron buena parte del superávit energético reciente. Sin embargo, los récords productivos convivieron con una persistente vulnerabilidad macroeconómica, limitaciones de infraestructura y un esquema de precios atados al mercado internacional, incluso dentro del mercado interno. En paralelo, pese a la expansión de Vaca Muerta y la reducción de importaciones de GNL —que cayeron más de un 60% durante 2024—, el sistema energético argentino continuó dependiendo de compras externas e intercambios regionales para cubrir picos de demanda y limitaciones logísticas. 

El Régimen de Incentivo para Grandes Inversiones (RIGI), sintetiza esa matriz. Presentado como una herramienta destinada a atraer capitales y garantizar estabilidad jurídica para proyectos de gran escala, el esquema concentra sus principales iniciativas en sectores vinculados a hidrocarburos, minería e infraestructura exportadora. La promesa de nuevas inversiones multimillonarias convive, sin embargo, con un modelo basado en amplios beneficios fiscales, flexibilización regulatoria y garantías extraordinarias para actores transnacionales en actividades fuertemente orientadas a la extracción y exportación de recursos primarios.

La escena no resulta del todo novedosa dentro de la historia económica nacional: una vez más, la expectativa de crecimiento inmediato aparece asociada a la profundización de un perfil productivo dependiente de enclaves exportadores con escasa capacidad de integración industrial y tecnológica sobre el resto del territorio. 

Incluso anuncios vinculados a nuevas tecnologías e inteligencia artificial como el STARGATE  son consecuencia de ventajas energéticas y disponibilidad territorial antes que a la construcción local de capacidades científicas o industriales propias. 

Estas iniciativas conviven con la merma de capacidades científicas y tecnológicas: Laboratorios vaciados, proyectos paralizados y científicos emigrando. El deterioro sostenido del complejo de CYT vinculadas a sectores estratégicos expresa otro de los límites estructurales: La persistente dificultad para transformar riqueza material en conocimiento propio. 

Pero aún atravesado por ciclos de desfinanciamiento y discontinuidad estatal, el sistema científico argentino continúa sosteniendo capacidades poco frecuentes en la región: desarrollos satelitales, tecnología nuclear (poder leer mas acá), biotecnología aplicada al agro y una extensa red pública de investigación construida durante décadas.

Pero cuando las iniciativas de investigación son desfinanciadas terminan dependiendo crecientemente de financiamiento extranjero (Podes leer: “El después de la expedición: Geopolítica marina y soberanía científica”), en un contexto donde la pérdida de capacidades estatales de planificación vuelve cada vez más difusa la frontera entre cooperación científica, dependencia tecnológica y administración externa de recursos. 

El Atlántico Sur y Cuenca del Plata

Y si hablamos de administración externa de recursos, a cientos de kilómetros de la costa argentina, alrededor de las Islas Malvinas, el océano permanece atravesado por buques pesqueros, rutas comerciales, plataformas petroleras offshore y patrullaje militar. En la Isla Soledad se monta una de las mayores bases militares británicas fuera del territorio europeo. Desde ese enclave colonial se proyectan rutas marítimas, licencias pesqueras y capacidad de vigilancia sobre un corredor decisivo para el acceso antártico y el control oceánico regional.

A cientos de kilómetros de allí, durante la noche, las imágenes satelitales muestran concentraciones de luces alrededor de la milla 201: flotas pesqueras extranjeras operan sobre uno de los reservorios de proteína animal más importantes del planeta mientras plataformas offshore exploran recursos energéticos sobre el borde marítimo argentino. La persistencia británica en Malvinas no terminó en la guerra de 1982. Alrededor del archipiélago convergen intereses militares, alimentarios, logísticos, energéticos y de proyección antártica, donde Argentina mantiene presencia científica permanente en la Antártida y capacidades tecnológicas vinculadas a investigación oceanográfica, desarrollo satelital y monitoreo marítimo.

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Esa red marítima se prolonga hacia el sistema fluvial de la Cuenca del Plata, por donde circula buena parte de la riqueza agroexportadora sudamericana. Mientras el Reino Unido sostiene capacidad de proyección sobre el Atlántico Sur; el puerto de Montevideo se consolida como uno de los principales nodos logísticos de salida para embarcaciones vinculadas al comercio regional, en un escenario donde la Argentina continúa sin resolver plenamente una vía propia de acceso directo al océano desde la Cuenca del Plata a través del Canal Magdalena. 

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Barcazas, buques cerealeros y miles de camiones conectan diariamente las regiones productivas del país con las terminales del Gran Rosario, donde se concentra uno de los principales nodos exportadores de alimentos del planeta. Cerca del 80% de las exportaciones agroindustriales argentinas circulan por la vía navegable troncal Paraná-Paraguay; al mismo tiempo que gran parte de la infraestructura portuaria y de almacenamiento permanece bajo el control de unas pocas firmas privadas vinculadas al comercio global de granos como Cargill, Cofco, Bunge, Dreyfus, ADM o Viterra.  La discusión pública suele detenerse en el ingreso de divisas, el volumen de la cosecha, o los pliegos de la licitación hecha a medida para la empresa belga, Jan de Nul.

Ya en tierra,miles de camiones ingresan diariamente al cordón industrial del Gran Rosario transportando granos desde distintas regiones productivas del país., Entre terminales portuarias, plantas aceiteras y cintas transportadoras, se organiza una de las principales cadenas de exportación de alimentos del planeta. La Argentina produce proteínas, cereales y derivados agroindustriales en una escala capaz de abastecer a cientos de millones de personas, aunque esa capacidad convive con crecientes niveles de precarización territorial, concentración económica y dependencia tecnológica dentro del propio sistema productivo.

Los corredores marítimos, los puertos, las economías regionales y las cadenas logísticas forman parte de una misma estructura material que organiza no sólo las exportaciones del país, sino también las condiciones concretas bajo las cuales millones de personas producen, transportan y acceden diariamente a bienes esenciales. 

De madrugada, productores hortícolas cargan cajones de verduras en las periferias urbanas mientras aumentan los costos de alquiler de la tierra, combustible, semillas e insumos básicos para sostener la producción. En esos territorios invisibles para gran parte de la agenda pública se organiza buena parte del abastecimiento cotidiano de frutas y verduras frescas para millones de personas. La Argentina continúa siendo una potencia agroalimentaria global capaz de producir alimentos para cientos de millones, aunque esa capacidad convive con crecientes niveles de inseguridad alimentaria, concentración económica y dependencia tecnológica dentro del propio sistema productivo. Fertilizantes, agroquímicos, maquinaria y buena parte de los insumos estratégicos continúan fuertemente atados a cadenas globales de provisión que limitan la autonomía de un modelo pensado principalmente para exportar commodities antes que para organizar integralmente el sistema alimentario nacional. 

Aun así, persisten redes de producción cooperativa, experiencias agroecológicas y sistemas públicos de investigación que continúan desarrollando semillas, tecnologías y formas alternativas de abastecimiento sobre distintos territorios del país, como el ejemplo de RGACTIVA

Sobre esa gran trama dispersa que hoy es Argentina, conviven trabajadores precarizados e informales con los talleres metalúrgicos, laboratorios, plantas industriales y cooperativas productivas articuladas alrededor de capacidades técnicas construidas durante décadas. Técnicos que calibran maquinaria agrícola, operarios que sostienen líneas de producción, tripulaciones que atraviesan semanas en el Atlántico Sur, científicos que desarrollan tecnología satelital o trabajadores ferroviarios que mantienen corredores de carga forman parte de una estructura muchas veces invisible sobre la que continúa apoyándose buena parte de la vida material argentina.