La gran palanca y el nacimiento de la columna vertebral

Habían pasado tan solo 130 días del gran sismo que sacudió los cimientos del país modificando su geografía política. Ese terremoto que eyectó a la superficie al subsuelo de la patria y que definió al 17 de octubre como partida de nacimiento del peronismo fue un golpe imposible de digerir para la aristocracia porteña que se jactaba de la blancura de esa Buenos Aires europea. Aun así, en esa Argentina que tanto había cambiado desde los años de la Década Infame, las clases dirigentes, los medios de comunicación y las potencias extranjeras se preparaban para el retorno del radicalismo. Nadie había visto -o se negaban a hacerlo- que había un nuevo sujeto político.  

Cuando el 13 de noviembre de 1945 se adelantaron las elecciones fijadas en un principio para el 7 de abril del año siguiente, todavía no se terminaba de entender qué es lo que había ocurrido unos pocos días atrás cuando esa masa de obreros se instaló en Plaza de Mayo y no se movió hasta la aparición Juan Domingo Perón, quien se erigía como su nuevo líder. En ese momento, el movimiento que gravitaba alrededor del General no tenía aún una forma electoral definida, mientras que enfrente ya estaba armada la Unión Democrática, que reunía a los partidos tradicionales (radicales, socialistas, comunistas, conservadores).

En tan solo tres meses y medio se debió construir la herramienta política para presentarse en las elecciones y canalizar, en un formato partidario, ese cuerpo espiritual que era el peronismo. Así se formó, aprovechando la estructura de los sindicatos, el Partido Laborista que impulsó la fórmula junto a la UCR Junta Renovadora y el Partido Independiente. Sin embargo, para entender la arquitectura de ese triunfo histórico hay que retrotraerse tres años más para encontrar esos primeros ladrillos que se empezaron a levantar en una olvidada oficina estatal que nadie quería.

La manija para conducir la masa

Cuando Perón asume como presidente del Departamento Nacional del Trabajo,la revolución del GOU, ese grupo de oficiales nacionalistas que tomó el poder en 1943 cortando con más de una década de gobiernos fraudulentos y entreguistas, llevaba cuatro meses. En esa Dependencia, que hasta entonces sólo había servido para recolectar estadísticas, encontró el lugar ideal para construir ese vínculo con los trabajadores que venía gestando de forma solapada desde el Ministerio de Guerra. “Yo me di cuenta que la manija —recuerda Perón—, la gran palanca estaba en ese momento del mundo y del país en un departamento olvidado que se llamaba Departamento Nacional del Trabajo. Cuando se lo dije, comentaron: ‘Este está loco, ¿para qué querrá eso?’. Y allí empecé…”.

Varios factores abogaron a esta idea. El aniquilamiento fabril británico producto de la Segunda Guerra Mundial había profundizado un proceso de industrialización por sustitución de importaciones que había comenzado la década previa. De esta manera, muchos trabajadores que tenían sus propio taller artesanal empezaron a crecer. Muchas fábricas se asentaron sobre el cordón de Buenos Aires para abastecer la demanda interna, lo cual generó la migración de familias rurales de las provincias hacia estas ciudades. En este contexto, la legislación obrera vigente no se correspondía con el crecimiento de las industrias; a su vez, la mayoría de los trabajadores no estaban agremiados y los sindicatos existentes estaban divididos en cuatro confederaciones manejadas por comunistas, socialistas y anarquistas. 

Sobre esto se puso a trabajar Perón , aplicando la estrategia militar a la política de una manera excepcional, que más adelante dejaría plasmado en el Manual de conducción política. Al explicar su paso por la secretaría, decía: “Las revoluciones las realiza un ideólogo y realizador, y cien mil predicadores. Esa era la preparación humana que nosotros debíamos realizar (…) Hablábamos a la gente a medida que iba llegando, especialmente a la clase trabajadora, que indudablemente nos veían a nosotros con cierta desconfianza. Imagínese un coronel que caía allí del cielo, no era lo más propicio para que le hicieran caso y le creyeran, con la experiencia que el pueblo tenía de la acción de los militares”.

Desde la concepción de Perón, el Estado debía cuidar la armonía social y garantizar los derechos de los trabajadores. Allí inaugura una nueva política social donde la conciliación de los distintos intereses y el acuerdo deben primar por sobre el conflicto. Sobre esta base se constituye La Comunidad Organizada: hay lugar para el crecimiento del  capital privado y el desarrollo personal de los individuos, garantizado por un Estado que arbitra y planifica el crecimiento.

El departamento en poco tiempo se convirtió en una secretaría con rango ministerial, donde fue recibiendo a todos los grupos de trabajadores, organizándolos sindicalmente por rama de actividad, fomentando su agremiación y orientándolos a unificar el movimiento obrero. Por otro lado, a los patrones y a su entorno militar los persuadía con la idea de que la justicia social era la mejor manera de contrarrestar la prédica comunista y la lucha de clases

Se inicia la era de la política social

A la idea de pacto social que se impulsa desde la Secretaría de Trabajo y Previsión, se le suma una serie de medidas que, además de ayudar a vertebrar esa masa obrera, reforzaban la relación entre el flamante secretario y los trabajadores. Los nuevos derechos sociales que estos iban adquiriendo marchaban a la par del crecimiento industrial y económico del país.

Entre ellos, podemos enumerar el Estatuto del Peón Rural (jornal mínimo, descanso dominical, provisión de alimento e higiene); el decreto 1740/45 del 23 de enero, donde se establecieron las vacaciones pagas, anuales y obligatorias; la creación del Fuero Laboral; el descanso dominical para comerciantes; el régimen previsional para empleados de comercio; el Decreto 33.302/45 que crea el “Instituto Nacional de Remuneraciones” e instituye el aguinaldo; y la reglamentación de Asociaciones Profesionales, que propició la agremiación en ramas donde antes no existía y unificó a las existentes.

Todo esto puso en tensión a los sectores patronales y las partidos políticos tradicionales. En el caso del Estatuto del Peón rural, desde la Sociedad Rural manifestaban que “no hará más que sembrar el germen del desorden social al inculcar en gente de limitada cultura aspiraciones irrealizables” e incluso desde el Partido Comunista señalaban que era un estatuto contra los campesinos. Al respecto, años después Perón decía: “Obligamos a todo el mundo a poner un salario. La primera carta que recibí fue de mi madre, que tenía una estancia en la Patagonia, que me decía: ‘Si vos crees que yo le puedo pagar 150 pesos a los peones, te has vuelto loco’. A reglón seguido le contesté: Si no podés pagar, tenés que dejarlos que vayan a otra parte donde le paguen. Y en vez de tener 20 peones, tené 10, pero pagalos por lo menos”.

A lo largo de dos años se hicieron cumplir, se ordenaron y se extendieron leyes anteriores, además de crearlas donde había una necesidad. Contrario a los pronósticos liberales, todos estos nuevos derechos no impactaron negativamente en el trabajo registrado: de 846.111 obreros ocupados en 1943 se llegó a 1.153.309 para 1947. Mientras que a la par crecía de manera exponencial la afiliación sindical: los 80 mil trabajadores sindicados en 1943 crecieron a aproximadamente medio millón para 1945

Con esta política, Perón logró atraer a los gremialistas de larga trayectoria, crear nuevos dirigentes y desplazar a los viejos sindicalistas comunistas y socialistas que evitaban toda negociación. Así creó su apoyatura en el mundo de los trabajadores, los mismos que lo irían a buscar a la Plaza de Mayo cuando las tensiones en el gobierno y la presión de las élites dueñas del país, junto con el apoyo de los EE.UU., intentaron correr del mapa al General.

Un espejo para el presente

Este proceso marca la transformación de un sindicalismo fragmentado en la columna vertebral del naciente movimiento peronista, erigido gracias a la habilidad política y la comprensión histórica de su conductor. A la vez, constituye la demostración de cómo el nacionalismo popular logró mantener a raya los intereses injerencistas norteamericanos y a sus socios locales. Fue, además, la primera gran reforma laboral que dotó al pueblo argentino de derechos fundamentales, dignificándolo durante las décadas siguientes y convirtiéndose en la clave del triunfo del 46. Asimismo, resultó decisiva la determinación para conducir a esa masa obrera y la perspicacia para identificar la necesidad del momento histórico.

“Nuestra riqueza reside en los valores del espíritu. La malicia y el dinero pervierten y envilecen, solo el sacrificio ennoblece a los hombres y los valores morales hacen grandes a los pueblos. La fidelidad y la lealtad son las virtudes básicas en los movimientos colectivos (…) Como he afirmado que la lucha del 24 puede resumirse en una elección entre Braden o Perón, no he simbolizado en un nombre a un pueblo sino a una política. Todavía hay argentinos obsesionados que aceptan el tutelaje de los llamados centros poderosos del capitalismo…”, decía Perón por radio dos días antes de la elección. Ochenta años después, esas palabras resuenan con la vigencia de una advertencia que todavía estamos comprobando.