“Nos salvamos todos o nos hundimos todos”: pensar desde las cooperativas

Es viernes por la mañana, de un diciembre que ya se siente caluroso. En el Teatro Argentino de La Plata, los stands se despliegan por el patio. Son una porción de la economía popular: emprendimientos regionales, productos artesanales y ofertas gastronómicas. Adentro, en el hall y en el subsuelo, otra fila de puestos reúne cooperativistas de toda la provincia. Es la Expo Cooperativa 2025, organizada por el IPAC -Instituto Provincial de Asociativismo y Cooperativismo- que ha convocado proyectos de diversas áreas y trayectorias. 

Entre tantos puestos, hay uno que me llama la atención. Es una mesa llena de cuadraditos plateados: calditos de verdura. Hay más productos de la marca, entre ellos, cajitas de caldos, de distintos sabores, paquetitos de sopas, frascos de caldos, salsas y concentrados.

—Son puro alimento. Lo hacemos en Berazategui, —me dice la mujer detrás de la mesa. 

La señora se llama Graciela Ávalos y es la presidenta de Safra, Cooperativa de Trabajo Ltda. Esta no es una marca nueva, incluso a algunos el nombre puede resultarle conocido. Safra supo ser una empresa importante del rubro alimenticio, con presencia en supermercados y competencia directa con grandes marcas. Hasta que un día cerró. Fue en 2009. Desde entonces, la planta funciona como cooperativa, gestionada por sus propios trabajadores.

Los productos de Safra están a la venta en dietéticas y en supermercados Cooperativa Obrera.

En la feria, Graciela acomoda los productos, responde preguntas y cuenta su historia. Fue buscando visibilidad.

—Ya llegamos a algunos supermercados, pero necesitamos que la gente nos conozca — explica.

Detrás de sus palabras, hay muchísimos años de trabajo y, al menos quince años liderando la fábrica, trabajando en equipo y aguantando los vaivenes de la economía argentina.En un contexto de fuerte caída del consumo y cierre de empresas (CITAR NOTA), historias como las de Safra vuelven a adquirir relevancia, no como una excepción heroíca sino como parte de un entramado de trabajo colectivo que se organiza para seguir produciendo y que termina siendo un caracter propio de nuestro país.

Graciela Avalos, cargando el producto estrella de la fábrica: los caldos en polvo Caldiet. Foto de Sofia Barrios ANCCOM

El cierre y el origen

En cierto punto, los y las trabajadoras de Safra sabían que la cosa venía dura, pero no esperaban que den la quiebra. Estaban exigiendo el pago de sueldos atrasados, hubo despidos y suspenciones.

Hasta que un día, como cualquier otro, llegaron a la planta de Berazategui y se encontraron con las puertas cerradas. Había candados y fajas rojas cruznado los accesos de cada entrada. La empresa presentó la quiebra y dejó la fábrica, si avisos ni explicaciones.

Graciela Ávalos trabajaba en la empresa en el área de limpieza. Pero además, era delegada de los trabajadores. Como ella, otras mujeres y hombres se negaron a abandonar la fábrica y perderlo todo. Esos días, tuvieron que elegir: “O entrábamos y veíamos qué hacíamos con la fábrica o nos íbamos cada uno por su lado, a intentar encontrar otra cosa”.

Durante semanas siguieron yendo, aunque al principio no sabían bien para qué. Organizaronguardias de 24 horas para cuidar la fábrica y evitar robos. “La mayoría éramos mujeres, asique nosotras veníamos en el día, con los hijos porque no teníamos con quién dejarlos. Y por la noche se quedaban los varones”. Todavía no tenían un plan claro, pero sabían que tenían que quedarse, porque si se iban no había marcha atrás. No era sólo una guardia de seguridad.Su presencia mantenía latente, ni más ni menos, que la posibilidad de seguir. 

El primer cheque

De todos modos, hacía falta más que presencia. Había que empezar a producir, pero en la fábrica no había gas, no había luz -porque los cables habían sido robados-, no había insumos y faltaban máquinas. Tampoco había dinero para comprarlos. 

Un día, apareció un cheque pendiente de cobro de un cliente. Para ese momento, Safra producía cubitos de caldo que se comercializaban con la marca Día. Uno de los muchachos le preguntó: 

—¿Vos te animás a ir a cobrarlo?

Graciela limpiaba los baños, las oficinas, los vestuarios. No firmaba ni cobraba cheques. “No me acuerdo ni cómo me presenté, pero la plata nos la dieron”, recuerda. 

“De ahí nos fuimos directo a cambiarlo a una cueva y después yo me vine sola con toda esa plata en el micro, que para mí era muchísima”, cuenta Graciela y se sorprende de lo que ella misma ha hecho.
Con ese dinero compraron los primeros insumos, produjeron un poco, vendieron, volvieron a comprar y repitieron el circuito. Lentamente fueron aprendiendo de administración y ventas y la fábrica comenzó a moverse. “Lo que nos quedaba, aunque fuesen monedas, lo dividiamos en partes iguales para cada uno. No hacíamos más que 2 mil pesos cada uno por semana, a precio de hoy. Era supervivencia pura”.

Producir en tiempos de crisis

Quince años después de aquel comienzo improvisado, Safra sigue funcionando en la misma planta de Berazategui, elaborando deliciosos productos destinados tanto al consumo hogareño como al sector gastronómico. 

Los productos de Safra están a la venta en dietéticas y en supermercados Cooperativa Obrera.

La cooperativa está integrada por 25 socios y socias, los cuales viven, en su mayoría, exclusivamente del salario de la planta. El trabajo se sigue organizando bajo esa lógica: los puestos se deciden de manera colectiva y los ingresos se reparten en partes iguales.

Sin embargo, con la crisis que atraviesa la economía argentina, Graciela está bastante asustada. “La verdad es que no veo mucho futuro”, dice, “pero no vamos a dejar de trabajar”. Si bien para este rubro particular, el verano es temporada baja, Graciela explica que este año las bajas empezaron varios meses antes. 

Como cualquier otra empresa, la cooperativa paga impuestos, servicios fijos y costos de producción, que no dejan de aumentar. Con esto, la competencia ante otras empresas líderes se vuelve cada vez más desigual. La diferencia no sólo se nota en los precios finales y la capacidad de hacer ofertas, sino también en la espalda para negociar el valor de los insumos, como por ejemplo, del aluminio que vende Aluar. 

En este contexto, Safra se está pudiendo sostener gracias a las reservas: “Hoy se están pagando los sueldos con lo que había en el banco“, explica. “Si esto no se reactiva, va a llegar un momento que no va a haber más“.

No obstante, Graciela tiene muy claro que ellos no son una empresa. “Trabajamos y vendemos como todos, pero la ganacia se reparte. Acá no se piensa en echar a nadie: o nos salvamos todos o nos hundimos todos.”

Pareciera que no hay descanso. En Safra, el desafío sigue siendo el mismo: sostener el trabajo en un contexto hostil, sin garantías y sin certezas, pero con la experiencia de haber atravesado otras crisis y seguir, todavía, de pie.

Trabajadores de Safra, Berazategui

Yo sé que vale la pena 

Ese día, en la feria, mientras otras personas se acercan a preguntar, Graciela me dice que está cansada. Pero igual ahí está, de pie tras la mesa.

—Lo que hacemos es muy bueno y muy rico, yo sé que estos productos valen la pena, por eso estoy acá, mostrándolos.

—Todo es gracias a ella, —interrumpe otra señora que está sentada un poco más atrás— ella se lo ha puesto al hombro. Yo doy su hermana, y sé todo lo que trabajó estos años para que la cooperativa funcione. 

Graciela se ríe. Ella más que nadie sabe que esa mesa es su orgullo. Y lo sostiene, como tantas otras veces.