Las penas son nuestras, las riquezas que vemos viajar por el Paraná también. Pero se las queda un extranjero. Se producen acá, enriquecen allá, empobrecen acá.
Hace casi 200 años, los dos imperios más poderosos del mundo se unían para robarnos el Paraná. No pudieron. Se vieron obligados a pegar la vuelta en Punta Quebracho.
En 1851 con Urquiza y luego en 1995 con Menem, dos legislaciones nacionales logran -sin un tiro-, lo que los anglofranceses no: la extranjerización total del Río Paraná.
Hoy, los dos imperios más grandes de este mundo, también ven en el Paraná a una vía geopolítica clave. Y esta vez, -y hace ya un buen tiempo-, más los yanquis que los chinos, pueden. No hay todavía quienes los obliguen a dar la vuelta.
La relevancia del majestuoso río es insoslayable: nace en el corazón de la Cuenca del Plata, pasa por cinco países, se relaciona con el Acuífero Guaraní y también el Puelche,y por allí se van casi la mitad de las proteínas vegetales y animales que se consumen en el mundo.

Por sus aguas circulan más del 80% de las exportaciones de los dueños del país y es el mismo sitio por el cual ingresan a rolete las importaciones que le declaran la guerra a la industria argentina.
El río Paraná es argentino, pero está en manos foráneas: Cargill (EE.UU.), Dreyfus (Francia), COFCO (China) y Bunge (Suiza), entre otras, deciden a gusto y piacere lo que sucede en el río. ¿Su navegabilidad? hace ya treinta años en manos de la belga Jan de Nul. En embarcaciones con bandera de Corea del Sur, Singapur o Kirguistán, la nuestra se va para fuera.
Desde la última dictadura en adelante, todos los gobiernos no han hecho más que privatizarlo y extender la extranjerización del cauce en donde se dibujó por primera vez nuestra bandera.
Un río de riquezas en un país empobrecido.
Eso decidió Washington en su consenso a más de 8 mil kilómetros y hace ya más de tres décadas. Y así se hizo. El Paraná fue renombrado por quienes nunca se tomaron un mate en sus orillas como “Hidrovía”. Privatización como sinónimo de expolio y desplazamiento: argentinos afuera del Río.
Sin una prefectura fuerte, con nulos controles estatales y gobernado por contrabandistas de cereales y contrabandistas de cocaína, la situación forja un cóctel perfecto para la balcanización. El río es una zona ocupada y liberada para el gran capital trasnacional, parecido a lo que ocurre en nuestras Malvinas, Georgias y Sandwich del Sur.

Si el Paraná ya estaba extranjerizado ahora corre peligro de ser militarizado por los gringos. Desde 2024, el Ejército yanqui cuenta con permiso para gestionar los recursos hídricos de la vía, un acuerdo que se habría iniciado durante los últimos días del gobierno de Alberto Fernández, que frío como el agua del río, no quiso estatizar el dragado y balizamiento del mismo. Luego Milei en sus primeros meses de gobierno firmó el memorándum con los yanquis, que hoy ya planifican sobre nuestras vías.
Tiempo antes, el gobierno del Frente de Todos había llamado a la licitación (léase reprivatización) mediante el decreto 949/20. No sea cosa que alguien recuerde que allá por mitad del siglo pasado un general argentino centralizó y planificó el comercio exterior. Pero mejor no hablar de ciertas cosas.
¿Dónde se corta el bacalao?
La cosa funciona así: las grandes cerealeras testifican la carga en la escribanía de la Bolsa de Rosario. Un privado turbina, un gancho, dos o tres pelpas y sale el barco. Nadie lo pesa, nadie controla, es todo cuestión de fe. “Creeme Cacho, acá hay solo 200 toneladas, para qué te voy a mentir” ¿O alguien vió alguna vez un empresario mafioso? A la declaración tributaria “a voluntad” se le suma que el tráfico fluvial no paga impuestos: a lo sumo algún peaje magro, una moneda en el camino. Subfacturación, triangulación y evasión: los verdaderos chorros de la Argentina no andan pungueando celulares en el subte.
Luis Zubizarreta, ceo de Dreyfuss y presidente de la cámara de puertos privados. Fernando Cozzi de Cargill, Alfonso Vedoya de COFCO o Juan Luciano de ADM, los de cuello blanco. Vladimir Barisic de Viterra-Bunge o Roberto Urquía de AGD, portadores de apellido. Sus nombres no salen en la prensa. No gustan de las fotos, cultivan un bajo perfil. Son más de los ágapes en embajadas que de las tapas de los diarios. Los dueños del Paraná prefieren ser anónimos, pasar piola, desapercibidos, lejos de los flashes.

Mejor hablar de ciertas otras cosas. Año 2024, dos buques zarpan del puerto de la empresa Vicentín. Declaran que cargan maní pero llevan una tonelada y media de cocaína. Sí, cocaína, merca no, esa se queda, no viaja a Europa u Oceanía. Tiempo después las descubren en el viejo continente. Es una escena más de una larga historia. El narcotráfico en Rosario no empezó con los Cantero, comenzó en 1978 cuando el propio Almirante Massera supervisó el primer cargamento de cocaína que salió desde el puerto de Rosario.
Torres de lujo y yates con reggaetón. La Prefectura, los intendentes, los contadores y los empresarios inmobiliarios. Los monos, claro, pero también los sapos y más arriba los buitres bancarios. Todos ganan con el narcotráfico. Todos menos los pibes de los barrios donde ser transa garpa diez veces más que el jornal de tornero.
Río Paraná: zona liberada para todos menos para los argentinos.
Los extranjeros probablemente no vean un país cuando ingresan en nuestras vías fluviales. Existe mayor posibilidad de que más bien perciban a una gran factoría desde donde llevarse desde minerales y petróleo hasta harina. Y de hecho, es importante preguntarse ¿Qué país hay cuando con más de 1400 kilómetros de costas ribereñas y 4500 km de costas marítimas no tenemos: marina mercante, comercio exterior propio, barcazas, dragas, puertos, empresas agroexportadoras estatales y una salida propia a nuestro mar? Difícil saberse país independiente con todo en manos extranjeras. La pobreza en tierra es directamente proporcional a la riqueza que fluye por el agua. Con el Paraná en manos privadas la Argentina será privada de todo.

Un pasado que sea futuro.
Acá corrieron los ingleses y los franceses. La Confederación Argentina contra todos los que vengan. Hace doscientos años los piratas ya entendían la importancia geopolítica de controlar nuestras vías navegables. Los nuestros también lo entendían. Hoy, la clase dirigente argentina no tiene grietas con el Paraná, todos juntos lograron que las aguas bajen cada vez más turbias.
Acá peleó Mansilla con un trozo de metralla atravesándole el pecho, acá dejaron su vida las Petronas Simonino que empuñaron los fusiles para frenar al invasor. Si bien la Vuelta de Obligado fue una patriada también implicó una temporal derrota militar argentina. La verdadera victoria llegaría tiempo después, río arriba, en Punta Quebracho, con los piratas cargados y de regreso a Europa. En uno de los lugares donde se dió el combate triunfal hubo desde siempre un monolito, que recordaba la epopeya. Pero Cargill compró esas tierras y lo movieron dos kilómetros más allá. Ahora solo queda una pequeña cruz y en el nuevo sitio un mástil sin bandera, para que el Paraná vuelva a ser argentino, ahí tiene que flamear la nuestra.
Desde la tierra todo es grande.
Una familia pesca desde la orilla y un Panamax con bandera de algún indescifrable país asiático atraviesa el río mientras cae la tarde. Arriba de la lancha llegamos a Timbúes, pasando San Lorenzo. Al frente está el puerto de Vicentín. Resuena la patriada que no fue, el apellido de un peronismo de la derrota. El CEO de Syngenta fue jefe de asesores del último gobierno nacional: el chiste se cuenta solo. La docena de empanadas de dorado está en oferta y en el puesto cuelgan los sábalos y una raya. Empanizada sale mejor, dice la doña que atiende. Cooperativas de pescadores contra multinacionales cerealeras, que a esta altura ya son más financieras que otra cosa. La batalla es desigual, pero llevamos laureles de varias de esas.
San Martín en una carta a Rosas allá por el 1846 le dice, que los argentinos no somos empanadas que se comen sin más trabajo que el de abrir la boca. Un tiempo antes Belgrano escribía que los argentinos debíamos usar el canal sur para salir al Atlántico, ese al que hoy llamamos Magdalena. Y fue Jauretche hace no tantos años, quien decía que fue la política inglesa la que buscó y logró la balcanización del Río de la Plata con el objetivo de lograr un achicamiento geográfico y bloquearnos hacia nuestro destino: el Sur. Pero ya lo dijo bien claro San Martín ¿no? Los argentinos…

La doctrina nacional de nuestro suelo patrio demanda a todos los y las argentinas y a quienes sientan los colores de nuestra insignia nacional en sus corazones, a ubicar el eje en la trascendencia de nuestra patria y en la defensa de su independencia, que hoy coartada de libertad boquea como dorado afuera del agua.
A contracorriente y a puro remo, en una búsqueda contraintuitiva, ya lejos del diagnóstico por el diagnóstico. Para que el Paraná vuelva a ser argentino tiene que estar en manos argentinas. Tan simple y complejo como ello.
Soberanismo de las catacumbas: predicar y predicar hasta hacer carne el verso. Convencer y persuadir. E imponer. Que en esta tierra ya sabemos que los blandos no ganan batallas.
Esta es una editorial colaborativa a cargo de Yair Cybel, de El Grito del Sur, Rodrigo Savoretti, de Enfant Terrible y Ariadna Alippi, de Desde la Raíz.
De esta expedición al Río Paraná durante el primer fin de semana de noviembre 2025 participaron 6 medios integrantes de la Red de Medios Digitales: La Tinta, Enfan Terrible, Desde la Raíz, El Grito del Sur, Zorzal Diario, El Resaltador
