Juan Bialet Massé, un olvidado prócer del derecho laboral 

Juan Bialet Massé fue una de las figuras más multifacéticas del siglo XIX. Su historia cruza el Valle de Punilla sobre las vías del Tren de las Sierras que une la Capital cordobesa con Capilla del Monte. A mitad del recorrido, un paraje: Bialet Massé. Como muchos otros casos, los nombres de los pueblos revelan un pedazo de nuestra historia. 

Esta nota, nació en formato radial, dentro de la columna Recorriendo la Patria de nuestro programa de streaming Ramos Generales. Podés escucharla en el siguiente enlace, o podés continuar leyendo por escrito a historia de Juan Bialet Massé.

El desarrollo nacional y un dique eterno

Desde ahí lo convocaron, en 1886, junto al ingeniero Carlos Cassaffousth, para construir una obra monumental. El Dique San Roque, primero de Latinoamerica, abastecería de agua, riego y energía eléctrica a todo el valle y a la ciudad capital. En solo tres años, un murallón fue levantado con materiales argentinos: piedra, arena y la cal hidráulica del Valle de Punilla, acompañado de otros acueductos y extensos canales de irrigación que organizaban la obra pública cordobesa más grande de la época.

Los materiales argentinos permitieron un ahorro de un 50% frente a la cal francesa, y el cemento inglés. Y el dique fue un éxito: impidió que el agua llegue a los barrios de la capital en la creciente de 1890, de 1897, y de 1903. Una sola vez Bialet Massé tuvo que repararlo, y lo hizo por 5 mil pesos, frente a los 400 mil que solicitaba un falso ingeniero enviado por el gobierno nacional. Sin embargo, semejante innovación despertó el recelo político y entre los lugareños crecieron los rumores de que “el dique se iba a caer”.

El clima de paranoia se alimentaba en la desconfianza de los materiales locales y las sospechas terminaron con Bialet y Cassaffousth presos, acusados de una obra “defectuosa” sin pruebas ni juicios que lo atestiguaran. Un año después fueron declarados inocentes. La obra sigue intacta hasta hoy, incluso después de que se la intentara dinamitar para construir el actual dique de mayor altura. Bialet lo había previsto: “La tempestad de la pasión pasará y el dique perdurará por los siglos para gloria de Cassaffousth, de la ciencia nacional y para el provecho de Córdoba”.

La persecución, sin embargo, les costó caro. Perdieron propiedades personales y Bialet, en bancarrota, tuvo que poner en venta la fábrica. También obligó a dar marcha atrás a otros proyectos, como la obra que planificaba construir un canal navegable que una Córdoba con el Paraná a través de los ríos Suquía, Xanaes y Ctalamochita, y que ya había sido aprobada por el Congreso en 1889, con el apoyo de la provincia de Santa Fé y el presidente Juárez Celman. El dique era el primer paso en la ejecución de este proyecto, ideado por el primer ingeniero egresado de nuestro país, Luis Augusto Huergo. El canal navegable sin dudas beneficiaría a las provincias interiores, pero rápidamente se le opusieron los intereses portuarios de Buenos Aires y los ferroviarios británicos. 

De todos modos, los hornos de La Primera Argentina y la construcción de este dique, forjaron a un hombre que aún le quedaba mucho por hacer y por decir. 

De académico catalán a pensador nacional

Pero esta historia no empieza ni termina en las sierras. Juan Bialet Massé nació en Cataluña en 1846 y llegó a la Argentina en 1873, con 27 años y el título de médico bajo el brazo. En apenas un año ya se había incorporado a las discusiones nacionales, con una mirada que criticaba la dependencia y alentaba la educación libre y la industria nacional. 

Su desembarco coincidió con un país que, tras el gobierno de Sarmiento y con Avellaneda en la presidencia, expandía su sistema educativo: colegios nacionales en las provincias, bibliotecas populares y centenas de nuevas escuelas públicas. A ese frente va a servir Bialet. Comienza trabajando como docente y rector de los colegios nacionales de Mendoza, La Rioja y San Juan (donde se casa con Zulema Laprida, nieta del presidente del Congreso de Tucumán en 1816). Luego, estudia abogacía en Córdoba y en sólo veinte meses se recibe. Allí inaugura la cátedra de Medicina Legal y escribe varios libros, algunos incorporados como manuales para los colegios secundarios.

Luego de salir de la cárcel, da una conferencia que titula “Cuatro verdades sobre enseñanza secundaria”. En ella ataca el uso de planes de estudios europeos y plantea la necesidad de enfocar la educación a la realidad argentina con un enfoque productivo. 

En un país que crecía en exportaciones de materias primas, como la lana, la carne, y granos como trigo, maíz, lino y avena, Bialet entendió que Argentina debía trabajar por una independencia económica y potenciar sus industrias incipientes, pero ello no era posible sin cuidar las masas obreras. Como abogado, comenzó a incorporarse en las luchas de estibadores, ferroviarios y comerciantes, informando los derechos y los deberes que les correspondían. Todavía le esperaba a Bialet una misión más. 

El informe que retrató la explotación

En aquellos años de cambio de siglo, con un régimen oligárquico consolidado y una brutal sobreexplotación de mano de obra, las federaciones obreras crecían, alimentadas por corrientes anarquistas y socialistas, intentando organizar la lucha del proletariado. 

Buscando organizar un poco la presión social, en 1904, el gobierno nacional de Julio A. Roca le encomendó a Bialet Massé realizar un relevamiento de las condiciones laborales y la población obrera en la Argentina. Fue entonces que, con incansable curiosidad y precisión, Bialet recorrió 14 provincias, entrevistó a cientos de trabajadores, visitó estancias, fábricas, minas, ingenios, proveedurías y sindicatos. Plasmó todo su registro en un informe de 1500 páginas: el Informe sobre el Estado de las Clases Obreras Argentinas.

Allí denunció salarios de miseria, jornadas extenuantes, viviendas insalubres y abusos de todo tipo. A pesar del tono propio de la época, Bialet reivindicó la labor de criollos e indígenas, despreciados por patrones y élites, y puso en evidencia a la mujer trabajadora. Su trabajo es una radiografía social, económica y sanitaria de la argentina de 1900, que realmente asombra por su nivel de detalle. En las primeras páginas, puede leerse: 

En las cumbres del Famatina he visto al peón cargado con 60 y más kilogramos deslizarse por las galerías de las minas, corriendo riesgos de todo género, en una atmósfera de la mitad de la presión normal; he visto en la ciudad de La Rioja al obrero ganando sólo 80 centavos, metido en la zanja estrecha de una cañería de aguas corrientes, aguantando en sus espaldas un calor de 57º, a las dos de la tarde; he visto a la lavandera de Goya lavar la docena de ropa a 30 centavos, bajo un sol abrasador; he visto en todo el interior la explotación inicua del vale de proveeduría; he visto en el Chaco explotar al indio como bestia que no cuesta dinero, y no ha podido menos que acudir a mi mente aquellas leyes previsoras para todos ellos”.

Italianas cosechando, Mendoza.

El informe de las clases obreras es un documento fundamental para comprender el telón de fondo de esa Argentina que era “granero del mundo”. 

Ese telón que desbordaba de trabajadores, “víctimas forzosas del progreso”, los llama Bialet. Son las águilas del progreso, héroes anónimos, que labran el canal de la riqueza que ellos no van a gozar; su trabajo se paga con un peso y cincuenta centavos y se cree haberlo recompensado con largueza”, escribe mientras mira a aquellos hombres trabajar en las alturas, tendiendo las torres del alambre-carril, en Chilecito, La Rioja. 

Construcción del Cablecarril de Chilecito a La Mejicana, La Rioja, septimo tramo, a 3900 mts. Foto tomada por Max Cooper entre 1903 y 1905.

Sus observaciones no son sólo las de un abogado, también influye su visión de médico y docente, así como también su ojo totalmente humanista para la época. “Son rarísimos Ios patrones que se dan cuenta de que el rendimiento del trabajo es directamente proporcional a la inteligencia, al bienestar y a la alegría, sobre todo, del obrero que lo ejecuta, y no al tiempo que dura la jornada”. 

Bialet señalaba que el desprecio injustificado hacia el obrero criollo y la preferencia por el inmigrante extranjero era un problema central que necesitaba de leyes para proteger al trabajador local, garantizando su desarrollo y bienestar: “Esta es, a mi entender, la letra y espíritu de la Constitución: dar al extranjero un asiento en la mesa preparada para el hijo del país; no preparar el banquete para el huésped, quedando fuera el dueño de la casa”. 

Desde la industria viticultora de San Juan y Mendoza, las canteras de piedra en Córdoba, las minas en La Rioja, los desmontes en Chaco, la producción de caña en Tucuman, el tabaco y yerba en Misiones, hasta los comercios, oficios tales como panaderos, carpinteros, policías, trabajadoras domésticas, lavanderas, planchadoras de ropa, cuidadoras. Bialet presta el ojo a todos.

Refinería Argentina de Azucar, galpones de acopio. Rosario, circa 1915.

No es casual que para hablar del indio Bialet tome una postura tan firme. Está hablándole al gobierno de J.A. Roca, líder de las Campañas al Desierto.

“Se habla de expulsar indios, ¿con qué derecho? ¿Acaso el nacido en la tierra, víctima de una conquista injustificada, no está amparado por la Constitución? Si delinque, para castigarlo hay tribunales; y si no los hay, deben crearse”. Y continúa preguntandoles: “¿Se querrá exterminar al pueblo entero? ¿Con quién se quedarán les exterminadores? ¿y de qué vivirán? ¿Traerán una falange de ángeles del cielo para hacer un nuevo pueblo?”.

El legado de un visionario

A partir de este extensísimo informe, el ministro Joaquín V. González redactó ese mismo año el discutido -y finalmente rechazado- proyecto de Ley Nacional del Trabajo.

Este proyecto proponía regular la jornada de ocho horas, un descanso semanal, indemnización por accidentes, protección de mujeres y niños, derecho de huelga, acceso a la tierra, entre tantas otras cuestiones. Aunque conquistar estos derechos costaría otras décadas más de presión, estas fueron las bases de aquella lucha laboral que marcó el siglo XX y que influyeron, sin dudas, en las políticas del peronismo.

En sus últimos años, Bialet trabajó con el sector algodonero, y con 60 años se recibió de ingeniero agrónomo. Después de denunciar tanto crimen y abuso, falleció en 1907 por un cáncer de garganta.

Su nombre quedó guardado en un pueblo cordobés, aquel pueblo que conserva los hornos de la primera fábrica de cal y cemento argentino. Sin embargo su legado es mucho más grande, es el de un hombre que pensó la argentina en grande. Bialet Massé fue un forjador de la patria, un labrador de un país soñado: con unidades productivas, educación pública y trabajo digno. “Veo una nación grandiosa, con un pueblo rico y feliz, con ideales celestes de humanidad. ¡Patria de mis hijos y de mis nietos, República Argentina, salve!”